Estamos en Semana Santa y ya he podido disfrutar dos veces de la película La Pasión de Mel Gibson, actor y director que no me gusta absolutamente nada.

Pero ... he de decir que La Pasión es una gran película sin ser docto en este tema ni entrar en polémicas al respecto, es la película mejor ambientada de todos los tiempos, musicalmente fascinante y con unas imágenes impactantes que llegan al espectador a pensar ¿y porque no pudo ser así? O tal vez ¿estas imágenes pueden quedarse cortas con la realidad vivida en aquel tiempo? Nunca lo sabremos, por muchos estudios y eruditos que lo digan, tan solo quien lo vivió y no en la memoria casi perdida de los siglos se encuentra la verdad.

Yo si quiero pensar que esta película refleja un fiel momento de Jesús, no encuentro escándalo alguno en sus imágenes, alguien me dijo es que se podría haber prescindido de tanta sangre, de tanto detalle, ¿porqué? Un hombre que dio la vida por todos nosotros y de la manera en que ocurrió perfectamente pudo ser así.

Con todos los respetos del mundo, y abusando de las paginas que nos ofrece internet, quiero adjuntar uno artículos largos pero sumamente interesantes sobre el film, no quiero plagiar ni mucho menos los textos están aquí incluidos tal cual los escribieron y eso si agradecer las fuentes de donde fueron tomadas, este blog nada tiene que ver con los artículos tan solo con el tema del Film de La Pasión.

http://www.statveritas.com.ar/Notas/LaPasion-Rabinovich-Caponetto.htm

http://www.revistapersona.com.ar/Persona28/28Rabinovich.htm

Aquí os dejo los dos artículos

 

LA PASIÓN SEGÚN MEL GIBSON
Dr. Ricardo D. Rabinovich-Berkman

Yo ya no me esperaba gran cosa de Mel Gibson en un tema histórico, porque había visto Corazón Valiente. Ante mis ojos atónitos, Guillaume de Wallais, descendiente de normandos, como Robert de Bruce (a quien se endilga la narración), aunque no de la alta nobleza como éste último, se había transformado en un campesino escocés de pura cepa. Para mi sorpresa, el rumorcillo aquel que, según semeja, se difundió con muy poco sustento en la primera mitad del siglo XIV (seguramente en un intento de jaquear los derechos hereditarios de Eduardo III), de que éste era en realidad hijo de Wallace, se transformaba en una verdad reconocida por la propia reina inglesa.
El tiempo, para Gibson, es una magnitud elástica al servicio de la escena, porque en nada le mosquea, por ejemplo, hacer morir al mismo tiempo al caudillo del norte y a Eduardo I, aunque hasta la Enciclopedia Encarta, que es de consulta tan sencilla, indica que éste sobrevivió a aquél dos años... Y le gusta al cineasta jugar con los idiomas. Los highlanders del siglo XIII, hablan para él inglés con acento, exactamente igual que ahora, y ni una palabra de gaélico. Los normandos de la corte inglesa desconocen el francés, que era aún su lengua corriente, y la reina Isabel, en cambio, se expresa en un parisino perfecto de nuestros días...
Así que, cuando supe que Mel Gibson preparaba un filme sobre las últimas horas de Cristo, me dije "sálvese quien pueda", y me hice a la idea de que el Señor se hallaba a punto de sufrir una pasión nueva y distinta, ésta no ya contra su cuerpo y su espíritu, sino en desdén de su memoria. Me preguntaba si el director tendría siquiera el prurito exhibido al comienzo de Corazón valiente, donde (al estilo de lo que hizo nuestra María Luisa Bemberg en su Camila), aclaró que no se trataba de la historia, sino de una versión libre, subjetiva y creativa, de ésta. Es decir, una pieza de ficción, sin veleidades científicas.
Yo, en tal sentido, prefiero a George Lucas, porque La guerra de las galaxias transcurre "en un tiempo muy remoto, en una galaxia muy lejana", y no en la Inglaterra del siglo XIII, la Argentina del XIX o la Palestina de Herodes Antipas. Me quedo con las sagas de Tolkien, donde estoy tranquilo, y puedo dedicarme a disfrutar de las escenas y los paisajes, porque sé que Gandalf no existió, ni Frodo, ni Aragorn el hijo de Arathorn, y que nadie se va a levantar enojado en el cine porque es súbdito de Rohan, la de los hábiles jinetes, o ciudadano del orgulloso Reino de Góndor. Ahí, no se engaña a nadie. Pero cuando se pretende hacer historia en el cine, se debe andar con pie de plomo. Todos: el cineasta, y los críticos.
De allí que me asombrara hasta la estupefacción, al enterarme del beneplácito, al parecer en un primer momento ardoroso, del Santo Padre. Luego, según se dice, esa salutación gloriosa, que Gibson se ocupó de difundir como fuego en pasto seco, fue desmentida, o revisada, o callada. En buena hora. Pero, semeja, que no en razón de las debilidades históricas del filme, sino como reacción a las quejas de varias comunidades judías, que lo tildaron de antisemita. Yo venía coincidiendo en gustos cinematográficos con Su Santidad, porque a ambos nos había resultado magnífica La vida es bella, e igual que él, la vi muchas veces y lloré todas ellas. Así que me quedé bastante helado.
Luego escuché las observaciones moderadas de algunos sacerdotes europeos, y respiré con más alivio. Pero el filme llegó a la Argentina, y la recepción de nuestros obispos fue apoteótica, casi como si los mismísimos Evangelios hubieran sido llevados al cine por primera (y definitiva) vez. Crecía mi asombro. Dignatarios de las entidades comunitarias israelitas locales reiteraron la acusación de antisemitismo, pero, menester es reconocerlo, con mucho menos vigor que sus pares estadounidenses. Otras voces hicieron referencia al dechado de violencia gratuita, y eso en nada me admiró, porque ya en Corazón valiente había tenido oportunidad de ver escenas de un grado de sadismo y carnicería tal, que escandalizan al estómago más plúmbeo. Pero, en general, aquí como en su país de origen, la polémica no se centraba en el cristianismo de la cinta, sino en su supuesto antijudaísmo.
Capté un programa televisivo norteamericano, dirigido por una aguda periodista, donde Gibson se enfrentaba, por así decirlo, con varias personalidades especializadas, desde diversos ángulos, en temas cristológicos. Ninguno de ellos parecía ser hebreo. Algunos, como el reconocido investigador irlandés John Dominic Crossan, eran fervientes católicos. No había uno que estuviera de acuerdo con la versión del filme. Me llamó la atención que Crossan, Profesor Emérito de Estudios Religiosos (DePaul University, Chicago), ex catedrático del Seminario de Jesús y de la Sección Histórica sobre Jesús de la Sociedad para la Literatura Bíblica, autor de obras esenciales, como The Historical Jesus (1991), Jesus: A Revolutionary Biography (1994), Who Killed Jesus (1995), y The Birth of Christianity (1998), resumiera su impresión de la película en una palabra: "horror".
Luego, Crossan se explicó mejor. Hizo notar la falta de sustento científico de numerosas secuencias, la casi total ausencia del mensaje de Cristo en el filme ("se supone que venga usted sabiéndolo", le respondió Gibson), lo inexplicable de las actitudes asumidas por los sacerdotes y por Poncio Pilato, al ser sacadas completamente de su contexto, y la sobreabundancia gratuita de sangre y atrocidad. Todo eso, sí, me sonaba al Mel Gibson de Corazón valiente. Lector que soy, y admirado, de las obras de Crossan, cuya solidez histórica me parece notable, esperé interesado la reacción del cineasta.
Cero. Cero de respuesta a Crossan, y cero de respuesta a los demás presentes. Otro, un profesor universitario de Historia Bíblica, atacó la imagen de Poncio Pilato trazada por la película. Reacción cero. Gibson respondía con humoradas, con chistes (algunos francamente malos), con sonrisitas cómplices a la periodista (que no entraba en el juego). Me defraudó. Sinceramente, esperaba algo más profundo. Esperaba contestaciones fundadas, defensas de sus puntos de vista, huellas de haber estudiado la cuestión. Nada. Una superficialidad patética. Y nótese que del tema tan reiterado del antisemitismo, casi no se habló, con gran beneficio del programa, porque así se pudo ingresar al verdadero meollo del asunto. Pasado el primer momento de euforia, el clero católico argentino se llamó a más meditadas reacciones. El Arzobispado de Mendoza, por ejemplo, en mensaje a su feligresía, si bien entendió que "Para los cristianos es la ocasión de un nuevo acercamiento a la Persona de Jesucristo y al acontecimiento central de nuestra fe: su pasión, muerte y resurrección", aclaró que "Con las enormes posibilidades expresivas del cine, esta nueva aproximación artística a Cristo está también abierta a distintas interpretaciones. En este sentido, conviene recordar que se trata sólo de una película". Y recomendó "leer detenidamente los Evangelios, porque en ellos se funda la fe cristiana y a ellos remiten las escenas del filme" (AICA on line, 7/4/2004).
Se escucharon voces más discordantes, por fin. El presbítero José Guillermo Mariani, de la Parroquia Nuestra Señora del Valle, en la Provincia de Córdoba, publicó un artículo sin desperdicio, intitulado Festín de crueldad (http://www.lacripta.org.ar/002actualidad.htm , 6/4/04). "La taquillera película de Mel Gibson, puede ser considerada desde varios enfoques. Si se trata simplemente de una creación de la fantasía de un cineasta realizando una película de terror, el objetivo se ha logrado. Los golpes de efecto y las imágenes tétricas están utilizados magistralmente", dice este sacerdote.
Y agrega, a renglón seguido: "El brazo dislocado brutalmente para hacerlo llegar al lugar del clavo en la cruz. El cuervo personificando el castigo divino que picotea cruelmente el rostro y cabeza del "mal ladrón". El demonio femenino espiando sigiloso y engendrando a un monstruito El látigo encajado en la piel de la espalda que arranca con descarado sadismo. Como en las mejores películas del género hay, además, asociaciones de los momentos más intensos de dolor y crueldad con recuerdos tiernos del pasado, que ablandan la sensibilidad, bajan las defensas, y hacen penetrar más profundo la tragedia. Una excelente película de terror".
Entrando ya al tema cristológico en sí, añade el padre Mariani: "Si se pretende presentar la historia de la pasión, es decir el modo más probable en que sucedieron los hechos, todo resulta muy discutible. Valiéndose sólo de datos evangélicos, que Gibson ha seleccionado de acuerdo a sus objetivos, no se puede pretender un relato histórico. Se trata de redacciones muy posteriores, afectadas necesariamente por las circunstancias de las disputas internas en las comunidades integradas por judíos y paganos, y resentidas por las graves persecuciones sufridas Toda recopilación de datos es interpretación. Y, en este caso, fundamentalista".
Veremos, sin embargo, que tanto el Arzobispado de Mendoza como este sacerdote cordobés, están errados en punto al sustento evangélico del filme. No es necesario, como lo hace el padre Mariani (y lo hubiera hecho Crossan, sin dudas), poner en cuestión la veracidad histórica de los Evangelios. Basta leerlos para ver que Gibson, además de haberles regalado esos detalles macabros de pésimo gusto que con corrección refiere el párroco de Nuestra Señora del Valle, los ha adornado de sangre hasta el éxtasis, como si el sufrimiento de Jesús, tal como parece que fue, no hubiese sido suficiente como para despertar la compasión y el arrepentimiento, y fuera necesario agregarle más violencia, más dolor, más golpes y gritos, a ver si así llega el mensaje del Hijo del Hombre al escuálido siglo XXI...
Traté el tema en varios de mis cursos universitarios, con resultados asombrosos. En un curso, una señorita lanzó, muy convencida: "Es exacta, es tal cual el Evangelio". "¿Cuál de ellos?", le pregunté. La joven dudó. "Bueno, el Evangelio de la Muerte de Cristo", me dijo. "¿Cuántos Evangelios hay?", pregunté al grupo, unos cuarenta, la inmensa mayoría de los cuales se confesaron católicos. Silencio. Le pedí a la señorita anterior que respondiera. "Son doce", me espetó, nerviosa. Y ante mi gesto de estupor, me aclaró: "Yo fui doce años a un colegio católico". Y le creo, que es lo peor del caso.
Uno de sus compañeros saltó, solidario, y me enfrentó decidido: "Profesor, si el mismísimo Vaticano ha dicho que la película muestra los hechos tal como fueron, ¿quién es usted para poner eso en duda?" Los demás me miraron desafiantes (otro agregó, por lo bajo: "además, si los judíos se quejan...") Le pregunté si, acaso fuera verdad esa discutida afirmación pontificia (cuya autenticidad no me consta, y la dudo mucho), ello sería suficiente para él, y le impediría someter a crítica el filme, con el simple expediente de leer los Evangelios (aún no había leído el mensaje del Arzobispado mendocino). Convencido, me respondió que sí, por ser católico.
Otra señorita, en una universidad distinta, tras escuchar a una compañera que, espantada por esas escenas de violencia atroz, al salir del cine había corrido a buscarlas (en vano, es claro) en la Biblia católica de su casa, agregó, entristecida, que una amiga de ella, al ver la película, había dicho, asombrada: "¡Qué horror! ¡Yo no tenía ni idea de que le habían hecho todo eso!"...

LA CONDUCCIÓN DE JESÚS A CASA DE ANÁS

Por todas aquellas razones, resolví escribir estas líneas. Del tema del aducido antisemitismo, no me ocuparé. Verdaderamente, no lo he hallado en la película. En todo caso, lo que sí se nota es un anti-romanismo, si se quiere, porque los latinos son tratados con un rencor y una desconsideración increíbles. Hebreos, hay buenos y malos, y hasta se nota un cierto cuidado por no herir susceptibilidades. Dos sacerdotes se oponen al juicio, no se traduce la asunción pública de la culpa por la crucifixión, se destaca el carácter israelita del Cireneo, y hasta el hecho de poner a Cristo y su gente hablando en algo que se supone arameo, son todos factores compensatorios, que diluyen el elemento antisemita. Parece que Gibson, que vive en los Estados Unidos y se mueve en Hollywood, es lo suficientemente inteligente como para tratar de no ofender a la comunidad hebrea. En cambio, como no hay antiguos romanos en Los Ángeles, y los herederos de la tradición latina no solemos ser muy denodados defensores de nuestra herencia, a ellos les dio duro, mal y gratis. Los dejó como seres sin límites jurídicos ni morales, como sádicos de una crueldad sin fondo, de una bajeza sin precedentes. Pero sobre esto volveremos en el acápite siguiente.
Ahora quiero ir a la primera escena regalada. En realidad, la presencia de ese Satán hermafrodita (Mariani lo ve femenino, pero me parece que es neutro, y anda con la pobre serpiente a cuestas), ya es un invento de Gibson.Pero dejémoslo, porque, digamos, podría haber sido... Pasemos a la caminata de Getsemaní a la casa de Anás (en la película, no queda claro si es la de este poderoso sacerdote y político, o la de su yerno Caifás, o de ambos). Ahí es cuando la violencia gratuita empieza. A Jesús, los guardias del templo le dan de golpes, lo muelen a palos (un ojo le queda ya inutilizado). No conformes con esto, lo arrojan por una muralla hacia abajo, de tal modo que queda colgado (allí aparece Judas nuevamente), y después lo suben de regreso, tipo yo-yo, para seguirle pegando.
Mel Gibson ha declarado a los cuatro vientos que se basó en los Evangelios para hacer su obra de arte. Veamos, pues, qué dicen estos textos acerca de aquella triste marcha nocturna. Emplearé la versión católica publicada como El Libro del Pueblo de Dios, la Biblia (Madrid, Paulinas, 1992), para evitar suspicacias. Mateo (26,57-58) narra: "Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo". Marcos (14,53-54) cuenta: "Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego". Bueno... ¿estará en Lucas? "Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos" (22,54-55). Tampoco. Nos queda Juan: "El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año" (18,12-13).
De modo que nos quedan dos alternativas. O buscamos los restantes ocho evangelios mentados por mi alumna (tal vez se refiriese a los apócrifos), o concluimos que, por lo menos en lo que hace a los cuatro textos canónicos, lo más que tenemos es que Jesús fue atado, lo cual es humillante y soez, no caben dudas, y marca el inicio de la Pasión física del Señor, pero no tiene nada que ver con la dantesca escena gibsoniana. Ignoro, en este caso, en qué fuentes abrevó el cineasta, si es que lo hizo en otra más que su fértil imaginación. Pero de algo estoy seguro: los Evangelios NO fueron...

LA FLAGELACIÓN DE JESÚS

Diferente es el caso de la más truculenta parte de este festival de sangre: las escenas de la flagelación. Acá sí, la fuente es fácil de detectar, como veremos. Empecemos por descartar los Evangelios, viendo lo que ellos asientan al respecto:
Mateo (27): "26 Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. 27 Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. 28 Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. 29 Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos". 30 Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. 31 Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar".
Marcos (15): "15 Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. 16 Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. 17 Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. 18 Y comenzaron a saludarlo: "¡Salud, rey de los judíos!". 19 Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. 20 Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo".
Lucas (23): "13 Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,14 y les dijo: "Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;15 ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad". 18 Pero la multitud comenzó a gritar: "¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!". 19 A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. 20 Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. 21 Pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!". 22 Por tercera vez les dijo: "¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad". 23 Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. 24 Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.25 Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos".
Juan (19): "1 Pilato mandó entonces azotar a Jesús. 2 Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,3 y acercándose, le decían: "¡Salud, rey de los judíos!", y lo abofeteaban".
Esta edición católica, con nota de presentación de Su Eminencia el Cardenal Raúl Francisco Primatesta, quien también otorga el permiso de impresión (18 de diciembre de 1986), presenta interesantes notas a pie de página. Una de ellas, la número 26 de la página 1457, referente a Mateo 27,26, dice: "Entre los romanos, la flagelación solía preceder a toda crucifixión, para debilitar al reo y abreviar sus tormentos". A su vez, en la nota a Lucas 23,16 (p 1526), se lee: "Lo mismo que en el versículo 22, se trata de una flagelación, que Lucas y Juan presentan como un escarmiento antes de la liberación, mientras que Mateo y Marcos la describen como una práctica habitual, que precedía a la crucifixión".
Uno de los más famosos biógrafos de Jesús, minucioso en su empleo de los textos bíblicos, y en el uso crítico de su vastísima cultura clásica general, fue el francés Ernest Renan (1823-1892). Es bien sabido que su Vida de Jesús (1863) despertó severas objeciones, por su rechazo a considerar los aspectos milagrosos como objeto del historiador. Sin embargo, su rigor científico en punto a las reconstrucciones, no merece mayores reparos en general. Escuchemos su versión de estos sucesos (París, Calmann-Lévy, 1925, pp 420/421, traducción nuestra del francés):
"Pilato se creyó obligado a hacer alguna concesión; pero, hesitando aún de derramar la sangre para satisfacer a gente que detestaba, quiso tornar la cosa en comedia. Afectando reírse del título pomposo que le daban a Jesús, le hizo azotar (Mat., 27,26; Marc., 15,45; Juan, 19,1). La flagelación era la preliminar ordinaria del suplicio de la cruz (Josefo, La guerra de los judíos, 2,14,9; 5,11,1; 7,6,4; Tito Livio, 33,36; Quinto Curcio, 7,11,28). Puede ser que Pilato quisiera dejar creer que esta condena ya estaba pronunciada, esperando que bastaría la preliminar. Entonces tuvo lugar, según todas las versiones, una escena repulsiva. Los soldados pusieron sobre la espalda de Jesús un manto rojo, sobre su cabeza una corona formada de ramas espinosas, y un bastón en su mano. Así ataviado lo llevaron a la tribuna, de cara al pueblo. Los soldados desfilaban delante de él, lo abofeteaban cada cual a su turno, y decían, arrodillándose, salud, rey de los judíos (Mat. 27,27 y ss; Marc. 15,46 y ss; Luc. 23,11; Juan 19,2 y ss). Otros escupían sobre él y golpeaban su cabeza con el bastón".
Hasta allí, la versión evangélica. Pero Renan, conocedor de la civilización latina, se apresura a agregar: "Difícilmente se comprende que la gravedad romana se haya prestado a actos tan vergonzosos. Es verdad que Pilato, en calidad de procurador, no tenía más que tropas auxiliares bajo sus órdenes (ver Renier, Inscripciones romanas de Argelia, n° 5, fragmento B. La existencia de esbirros y de verdugos extranjeros en el ejército, sólo se muestra claramente más tarde. Sin embargo, ver Cicerón, Sobre Verro, II, varios pasajes, y las Epístolas al hermano Quinto, I,1,4). Los ciudadanos romanos, como eran los legionarios, no hubiesen descendido a tales indignidades".
O sea que los Evangelios de ninguna manera narran las atroces escenas que Mel Gibson pone al aire. Dos de ellos (Mateo y Marcos) dan a entender que se trató de la mera flagelación de rigor para debilitar al condenado a la cruz. Terrible y cruel, sin dudas, pero nada que ver con el cuadro del filme. Lucas y Juan la presentan como un escarmiento (en el primero de ellos, parecería ni siquiera haberse llevado a cabo finalmente). Pero sin ninguno de los caracteres sádicos y atroces de la película. E incluso respecto de las burlas de la soldadesca, en las que sí coinciden los cuatro textos, Renan se permite sus serias dudas, que yo comparto plenamente. Con tanta mayor razón, todo lleva a pensar que los legionarios cumplieron con la flagelación, porque era su triste deber militar, pero sin odio añadido (que difícilmente lo tuvieran). Tal vez burla, sorna para con ese pueblo tan extraño de profetas y ungidos, un Dios solo e invisible, y sacerdotes celosos, tan diferente de Roma y de Grecia. Pero una cosa son chanzas e insultos, aún duros y violentos, y otra, muy otra, la pintura gibsoniana.
Nótese que Renan se hace cargo de la hipótesis, que desde época temprana plantearon los estudiosos, asombrados ante semejantes conductas en legionarios del Principado temprano, de que las tropas de Jerusalén estuvieran compuestas de provinciales, no de romanos ni italianos. Es una posibilidad, como se ha visto, muy discutible. Pero lo cierto es que Mel Gibson la ha descartado de cuajo, porque pone a los legionarios, con uniforme de tales, hablando entre sí en latín, que no era el idioma de los sirios (que, en el mejor de los casos, hubieran empleado el griego). Es cierto, se dirá, que le inventa al oficial de confianza de Pilato el nombre semita de Abenader, como dando a entender que no es romano. Pero tan alambicada elucubración cae por la base, porque, en todo caso, ese Abenader resulta ser el único militar que se interpone en defensa del Cristo, y hace cesar su ordalía...
¿De dónde sacó Gibson esta escena, de lejos la más espeluznante (y taquillera) de su festival de terror? La respuesta la debo a mi querida amiga (y madrina de bautismo, además), la hermana franciscana seglar Silvia Tosti, que me llamó la atención sobre un libro llamado Jeschua, y subtitulado, nótese por favor, "Pensamientos sobre la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo". Es decir, que se trata, como su autor lo confiesa sin tapujos, de "pensamientos", no de un trabajo historiográfico, ni con pretensiones de ajustar reconstrucciones a los hechos tal cual fueron. Se trata de meras disquisiciones ("Bilder und Gedanken", dice el original alemán, "imágenes y pensamientos"). Sólo eso...
Su autor es un tal Paul Spülbeck, de quien, debo admitirlo, desconozco más datos. En el buscador Google, el más potente del mundo (hasta yo estoy), con ese nombre sólo aparece un personal trainer, que no debe ser el mismo, calculo. El libro está datado en Buenos Aires, en 1996, pero sin mención de editorial (dice: "IMPRESO COMO MANUSCRITO"). Lleva el "puede imprimirse" de Monseñor Jorge Novak, obispo de Quilmes (Provincia de Buenos Aires), con fecha 31 de diciembre de 1996 (es decir que la edición ha de ser, por lo menos, de 1997).

"Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Esto debía significar: si el Nazareno es inocente, si se ha de derramar sangre inocente, entonces que Dios exija de nosotros esa sangre como venganza y castigo sobre nosotros y nuestros hijos. El Cielo ha escuchado la maldición del pueblo. La terrible automaldición se cumplió.
Cuarenta años tuvo paciencia Dios con este pueblo enceguecido y dio tiempo para la conversión y la reparación. Los apóstoles obraron en nombre de Jesús grandes milagros y signos y con sus prédicas estimularon al pueblo judío a un cambio interior, pero sólo pocos volvieron en sí; sólo unos pocos abrazaron la fe en el Hijo de Dios. La gran masa del pueblo permaneció empedernida.
Así llegó el año 70d.C. y un día cayó la orgullosa y magnífica ciudad con el Templo en escombros y cenizas, elevándose el sol rojo de sangre sobre las humeantes ruinas", y sigue (pp 130 y ss.).
Spülbeck relata entonces su versión, notablemente anti-histórica, de la Guerra Judaica (leer un poquito a Flavio Josefo no le hubiera hecho daño, pero él no cita fuentes...). Se lo nota indudablemente feliz, porque su dios (que no me parece ser el mismo mío) se ha vengado a muerte y fuego sobre esos pérfidos hebreos. Y concluye, en un verdadero clímax: "Nunca ha sido pronunciada una maldición tan terrible, y jamás una maldición se ha hecho realidad tan literalmente. Si aquellos que gritaron en aquella mañana junto al Lithóstrotos hubieran podido ver cuarenta años hacia adelante, se les hubiera helado la sangre en sus venas" (p 132).
Sin embargo, para Spülbeck, ni siquiera la terrible asunción de la sangre de Cristo (que está, digámoslo de paso, solamente en Mateo, un texto unánimemente aceptado como principalmente dirigido a los cristianos de origen judío -El libro del pueblo de Dios, p 1413- y no aparece en los otros Evangelios) era necesaria para articular la desgracia física de Israel. En efecto, al elegir "el Consejo y el pueblo de la calle" a Barrabás en lugar de Jesús, "Israel decide excluirse del Reino de Dios, decide su destrucción y muerte, se decide por los escombros de su magnífico Templo y las ruinas de la ciudad, a la pérdida de su patria, a la pérdida de la unidad nacional y la independencia. En ese momento cayeron los dados, pero hasta hoy no se han superado las esperanzas y los propósitos de un Barrabás" (Jeschua, p 109).
Yo no sé si la película de Gibson es o no es antisemita. Creo realmente que no. Pero que este librejo, que recibió el permiso de impresión de un obispo católico de la jerarquía humana de Monseñor Novak, que seguramente lo habrá leído de cabo a rabo antes de brindar tal autorización, es de un antijudaísmo flagrante, de un racismo acendrado y virulento, que hubiera regocijado a Adolfo Hitler (ignoro si lo hizo), sí estoy en condiciones de afirmarlo, porque sólo alguien ajeno del todo al espíritu cristiano del Concilio Vaticano II, pudo haber dado a luz tan tenebrosos y falaces párrafos. Estas páginas no deberían ostentar un imprimatur católico, y menos tan reciente. Es muy bochornoso que lo lleven, y de poco servicio a la causa ecuménica.
Ahora, veamos cómo describe este autor la flagelación de Cristo. Quien haya visto la película, hallará que se trata de poco menos que el libreto, con mínimas diferencias. No estoy en condiciones de afirmar que Gibson se inspiró en este libro. Pero, si no es así, por lo menos ambos tuvieron fuentes comunes, porque la similitud es, lo repito, pasmosa:
"Por lo tanto, los soldados conducen al Señor a un patio del castillo Antonia, hacia una columna de piedra, donde colocan desde arriba una cadena con esposas. Exigen a Jesús que se desvista [...]
Estos sirios paganos [Spülbeck sostiene la idea de que las tropas romanas estaban integradas por sirios: en eso no lo siguió Gibson], para quienes hasta el culto divino está realizado con perversidades sexuales, no saben nada de pudor y moral [...]
Jesús no puede defenderse. Manos sucias lo toman de sus brazos, lo colocan con el rostro contra la columna y cierran las esposas de hierro en sus muñecas. La tortura puede iniciarse.
Los soldados comienzan. Con el primer golpe sordo del azote el Señor se contrae bruscamente y se retuerce de dolor; pero ya silba el segundo golpe. Jesús tira de sus cadenas involuntariamente, inclinándose hacia adelante. Entonces los golpes continúan, uno tras otro.
Se forman al principio rayas blanco-amarillentas, que pronto se hacen rojas. Con nuevos golpes, las rayas hinchadas revientan y comienzan a hacerse hilos de sangre que corren interminables por el cuerpo. Por último se desprenden trozos de piel y carne Las riendas del azote se colorean en bandas rojas.
Podemos pensar cómo serian los gritos que traspasaban muros y techos por la desesperación de los así castigados. También Jesús se retuerce de dolor y gime, sin embargo ni un grito sale de sus labios. Pero como los dolores son tan inhumanos no puede evitar las lágrimas, de modo que sus ojos ya no ven con claridad. Pero su boca permanece cerrada, lo cual hace que el verdugo golpee con mayor fuerza. Ellos toman la silenciosa paciencia del Señor como una provocación: el grito de la victima es siempre la prueba para los presentes y para el centurión del éxito del trabajo del verdugo. Como Jesús calla y sólo llora suavemente se animan mutuamente para actuar con mayor furia y violencia.
Pronto está el piso enrojecido de sangre y de trozos de piel y en toda la espalda del Señor hay apenas un lugar sano. Jesús continúa moviéndose brusca e involuntariamente y retorciéndose bajo los golpes. Con cada azote que se descarga sobre él gime y suspira por el suplicio, lagrimea y emite algún quejido.
Finalmente se desmaya. Como muerto, cuelga de las cadenas. Los soldados dejan de golpear. El centurión se acerca para mirar qué pasó con el castigado y ve que sólo se trata de un desmayo. Entonces bien, se hará una pausa.
Pero no por mucho tiempo y el suplicio comienza nuevamente. Con un puntapié es levantado el Señor. Los soldados sueltan por un instante las cadenas y lo dan vuelta: nuevamente se cierran las esposas y se da comienzo a la flagelación de la parte delantera del Santo Cuerpo. Naturalmente, los soldados deben calcular cuidadosamente sus golpes para no lesionarlo mortalmente, aunque esto no significa misericordia. También sobre los muslos y piernas se descargan los golpes. Todo esto va acompañado de sucias blasfemias de boca en boca. La fantasía rehúsa hablar y se resiste a describir las imágenes [!!!], pero una vez han sido realidad.
Después de un cuarto de hora esta todo el cuerpo desde los hombros hasta los pies sangrientamente golpeado. Por segunda vez el Señor se desploma. El centurión da la orden de parar y aclara que da por finalizada la flagelación porque está el peligro de que el prisionero quede sin vida. Eso estaría en contra de la orden del procurador y seria proceder contra su voluntad, lo que implicaría para él y los soldados un castigo severo.
Jesús cuelga de las cadenas en la columna de la flagelación. Está con las rodillas dobladas, la cabeza recostada sobre su pecho, como muerto. Los brazos están estirados v sostenidos por las cadenas. A una señal del centurión los soldados abren las esposas v el Señor cae desmayado sobre la dura piedra, enrojecida por su sangre.
Aquel que un día fue alabado como ...el más hermoso de los hijos de Adán... (Salmos 45,3), que salió del seno de la Virgen María, el más noble de todos, el que lleva la imagen de Dios, está tendido sobre el empedrado; está allí completamente herido bajo crueles golpes de hombres sin sentimiento" (pp 114-116).
Menos mal que la fantasía de Spülbeck rehúsa hablar y se resiste a describir las imágenes, porque de lo contrario, sólo Dios sabe adónde llegaría. Menos mal que reconoce que es su fantasía la que discurre. Lástima que de ella derive, con nihil obstat episcopal, apocalípticas condenas contra el pueblo judío, por los siglos de los siglos, y "hasta hoy" (el genocidio nazi incluido, seguramente). Pero que estamos en la pista de la "fuente" de Gibson, no caben dudas. Porque el detalle de las esposas en la columna, la descripción morbosa de la decoloración de las llagas y los pedazos de piel desparramados por el piso, los movimientos convulsivos involuntarios, y hasta el estrambótico pormenor de la dada vuelta boca arriba de Jesús, para así seguirle dando azotes salvajes, son demasiado coincidentes como para no hallarse emparentados...
Empero, con todo lo truculento que es Spülbeck, debe reconocérselo superado por Gibson. Porque la mesa con las herramientas de tortura, que los verdugos van seleccionando cual cirujanos que eligen instrumentos, reconoce su obvio precedente en la escena final del tormento público de Wallace en Corazón valiente. De modo que es cosecha del propio director. Y el uso de un látigo con puntas que se entierran en la carne y la arrancan al ser retiradas, es otra generosa donación gibsoniana a la capacidad de espanto del público.
Como alegato contra la tortura, de cualquier clase y aplicada a cualquier sujeto, sea el Mesías o el último de los criminales, el filme es insuperable, y sólo se podría comparar con El crimen de Cuenca de Pilar Miró. Como supuesta reconstrucción evangélica, es un dechado de imaginación gratuita. Como obra histórica, es un zafarrancho del nivel de las anteriores producciones de Gibson. Como película de terror, adhiero a los dichos del padre Mariani, es espectacular.

BARRABÁS Y OTRAS BARRABASADAS

No quiero seguir. Sólo voy a dedicar un párrafo veloz a Barrabás, que en esta película aparece como un monstruo asqueroso, soez y libidinoso, grosero y sucio, una verdadera escoria humana. A la vista de semejante fenómeno, la elección de los jerosolimitanos en desmedro de Jesús parece aún más atroz, más incomprensible, más estúpida. Uno sólo puede llenarse de inquina contra personas que prefieren la libertad de tal esperpento moral en lugar del ensangrentado Cristo. ¿Hay antisemitismo en esto? No sé, puede ser... Pero lo que sí campea es una deformación flagrante de las Escrituras.
"En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás" (Mateo 27,15-16), "arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición" (Marcos 15,7; Lucas 23,19 y 25), "que tuvo lugar en la ciudad" de Jerusalén (Lucas 23,19). Sólo Juan dice, escuetamente, que "Barrabás era un bandido" (18,40). Así que la recreación de este sujeto con las características atroces que le endilga Gibson, corre por cuenta de éste, y no tiene asidero bíblico alguno. Mateo, Marcos y Lucas dan a entender, más bien, que se trataba de algo semejante a lo que nosotros llamaríamos un "preso político", autor, junto "con otros revoltosos", de un homicidio, en oportunidad de una sedición en Jerusalén. Mateo dice que era famoso, y probablemente no resultase antipático a los jerosolimitanos, mientras que Jesús era un galileo, extraño en la Ciudad Santa (máxime en el marco del conflicto campo-ciudad que con toda corrección destaca Crossan, donde la fértil Galilea se enrolaba en contra de la alianza romana, y los saduceos de Jerusalén a favor).
Nada nos permite pensar que Barrabás no fuera un buen judío, observante y respetuoso de la Ley, y hasta tal vez se acabase tornando cristiano con el tiempo (una tradición posterior, recogida en la película Barrabás, protagonizada por Anthony Quinn, así lo sostenía). Una persona tal, jamás hubiera mostrado el aspecto espeluznante que le pone Gibson en su película, ni hubiese hecho al soldado romano los juegos lúbricos de lengua que le marca este libreto asombroso. Semejantes actitudes hubiesen sido contrarias al comportamiento de un rebelde nacionalista israelita. Como sea, nada nos cuentan al respecto los evangelistas...
La gente reunida allí, que no debía ser mucha, porque, como se ve en el filme, eran espacios modestos, atizada por los sacerdotes, que mantenían, como es natural, un gran poder moral sobre el gentío, eligió mal. Prefirió a un subversivo homicida, por sobre el Hijo del Hombre. Es cierto. Pero hay que reconocer que, poniéndose en las circunstancias, la opción fue equivocada, mas no incomprensible ni maligna, como parece serlo en la película. En todo caso, Jesús, en su suprema bondad, los perdonó. Algunos de sus supuestos seguidores actuales, todavía no.
Compartir una elección, es una cosa. Entenderla, otra muy diferente. En 1933, los votantes alemanes eligieron democráticamente a los nazis para el gobierno, allanando el camino al poder para Adolfo Hitler. Ninguna persona decente puede considerar que optaron bien. Pero, sin embargo, cerebros como el de Erich Fromm, el de Joseph Wulf, el de Leon Poliakov, más modernamente Detlev Peukert, Pierre Ayçoberry, Daniel Goldhagen, y muchísimos otros (gran proporción de ellos, de origen hebraico) han dedicado importantes investigaciones a tratar de entender las razones de esa decisión atroz. Y una conclusión es de hierro: sólo acercándose sin miedos ni prejuicios, sin mentiras ni estereotipos, al problema, se podrá luchar contra las causas que lo originaron, y así evitar que esas raíces malignas den retoños nuevos en contextos futuros.
Mostrar una imagen horripilante y perversa, sucia y lasciva, de Barrabás, es tan torpe como crear un modelo al estilo Hollywood de los nazis estúpidos y obcecados, torpes y sin ideas ni principios. Uno no puede entender jamás cómo los jerosolimitanos eligieron al primero, ni cómo los alemanes votaron a los segundos. Así, no se avanza, no se aprende, no se mejora. Sólo se fomentan las ideas fijas, se echa leña seca a la hoguera de los odios, y se alimenta la cerrazón y la violencia.
Renan recuerda que, si bien este dato fue excluido "en la mayor parte de los manuscritos", el sujeto se llamaba también Jesús (un nombre bastante común entre los judíos de entonces), y el Evangelio de los hebreos (uno de los apócrifos), le da el patronímico de Bar-Rabán (más lógico que el que le quedara en los textos bíblicos, Bar-Abbá, "hijo del padre"). San Jerónimo, en sus comentarios a Mateo, destaca la popularidad de este sedicioso de Jerusalén. Jesús Bar-Rabán, en efecto, parece haber tenido más las características de un Robin Hood o un Che Guevara que las del monstruo horripilante y amoral pintado por Gibson.
Las otras bellezas que recuerda el padre Mariani, las dejaré pasar, para no aburrir al ya muy paciente lector. El brazo que se disloca adrede para clavarlo en la cruz, el diablo hermafrodita con una especie de bebe horrible, el cuervo que le saca los ojos al ladrón recalcitrante... Éste último detalle basta para mostrar la idea pagana de la divinidad, del castigo y de la redención, que insufla la cosmovisión de Gibson. Es tan patéticamente infantil, que subleva. El delincuente se burla de Jesús, no entra en razón como su compinche, y entonces... Dios le manda un pájaro para lastimarlo, para que sufra más todavía, antes de morir. ¡Qué dios, Dios mío!
Al padre Mariani se le pasaron otros detalles. Los permanentes golpes y latigazos durante la ascensión al Gólgota, la caída de la cruz con Jesús ya clavado en ella... Da la sensación que Gibson estudió las cintas, para cuidar que no quedase cuadro sin sangre, sin violencia, sin horror, sin tortura, sin faltas de respeto a los Evangelios y a los espectadores.
Nada diré, por fin, sobre la nueva versión del viejo deporte de este director para con los idiomas. Poco es lo que puedo observar del arameo, aunque algunas frases me hacen abrigar serias dudas sobre la pronunciación. Pero lo que sí noté es que todos lo hablan igual. Es claro, sacar los acentos hubiera sido demasiado trabajo. Sin embargo, las diferencias deben haber sido muy obvias entonces, porque a Pedro lo reconocieron los sirvientes de los sacerdotes por su forma de hablar, que lo delató como Galileo: "hasta tu acento te traiciona", le dicen en Mateo 26,73 (conformes Marcos 14,70; Lucas 22,59).
Pero estas serían minucias frente a los crasos defectos anteriores. Del latín, ni hablemos. La fantochada de poner a los romanos hablando latín eclesiástico contemporáneo, todos el mismo, sin diferencias de pronunciación ni de forma de expresarse, merecería un trabajo aparte. Obviamente, no sabemos cómo se pronunciaba el latín en esa época, pero todos los estudios serios llevan a presumir que, por ejemplo, la "c" ante "e" o "i" era una "k", no una "ch" (como en el italiano). O sea que, por ejemplo, "ecce homo" se debe haber pronunciado "ekke homo" y no "eche homo". Otro tanto puede decirse de varias letras y combinaciones (el grupo "gn", la "g" antes de "e" o "i", etc.). Además, es de creer que el latín que empleaban en sus conversaciones el procurador y su esposa (que se ligó el nombre de Claudia, ni más ni menos que el de las mujeres de la familia imperial de entonces), ambos de cierto nivel cultural, era uno, y el del centurión con los legionarios (o de éstos entre sí), muy otro. Gibson los hace expresarse a todos igual. Algo del latín popular de la época conocemos, a través de las comedias. Vemos que se declinaba poco, que se apocopaban palabras, que se dejaban frases sin terminar, que el verbo se desplazaba hacia adelante en las oraciones... Demasiado pedir para Mel Gibson. Arameo, latín y basta. Como los highlanders del siglo XIII hablando en inglés con acento escocés actual...
Termino con los idiomas, que tanto le gustan a este director como objeto de juego (tal cual la historia en general). Sólo agregaré que, puesto a buscar las lenguas de la época, se olvidó de la principal, ni más ni menos. De la que era vínculo entre judíos y romanos, conocida por los soldados, por los gobernantes, por los sacerdotes. De la lengua en que se formularon los Evangelios, y aquella en que, junto al hebreo y el latín, se escribió el ignominioso cartelito que proclamaba irónicamente a Jesús como "rey de los judíos" (Juan 19,20). El griego, por supuesto, el gran ausente idiomático de esta parodia.
CIERRE
Espero, con estas humildes líneas, haber arrojado algo de luz sobre un debate que, al fin y al cabo, está generando millones de dólares a este nuevo evangelista, en lo cual, sin duda alguna, y como era de esperarse, ha superado a los pobres Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que estaban más preocupados por la verdad y por el mensaje del Maestro, y no tenían problemas de taquilla. Presumo que mi efecto será paradojal, porque tal vez mueva a más de un remiso a ver el filme, y quizás alguno que ya fue al cine, regrese. Con lo que habré favorecido, sin quererlo, a Mel Gibson, que no precisaba de mi ayuda para enriquecerse.
Creo que la cultura estadounidense ya tiene su evangelio. Superficial, violento, rebosante de sangre, de obviedad, de escenas impactantes. Desprovisto de ideas, de contenido trascendente, de mensaje, de divinidad. El evangelio amarillo de un mundo orwelliano, o bradburyano si se quiere (para mostrar que en Norteamérica también se piensa, y mucho), donde ya no se lee, ni siquiera la Biblia, donde no se procuran las fuentes, no se investiga, y sólo se sufre y se goza, física e intensamente...
En lo personal, el sufrimiento del Señor, según se lo relata en los Evangelios bíblicos, me resulta suficiente. Menos, me hubiese bastado también. No creo que la grandeza del Cordero de Dios se mida en la sangre que le derramaron, ni en los latigazos que le dieron. Pablo no quiso morir en la cruz, y no dudó en hacer valer su privilegio de ciudadano romano para evitar el suplicio del Maestro, y no pienso que eso lo haga menos santo. A mí me parece que la mayor Pasión del Cristo fue espiritual, no física. Que su dolor ante la carga del pecado humano ha de haber sido mucho más demoledor que el de la pesada cruz. El pobre Cireneo podía ayudarlo con ésta, y lo hizo, pero nadie, nadie, nadie, podía compartir con Él el lastre inmenso de los hijos de Eva.
Mi momento de llanto, antes y después de la película, será el de la noche de Getsemaní. Ahí, en esa velada oscura y fría, con los compañeros que se quedan dormidos, con esa "tristeza de muerte" (Mateo 26,38) en el alma, el Señor se me hace hermano, se me hace amigo, se me hace grande, más grande que las montañas y los mares, más grande que el universo. Muchos no necesitábamos la sangre gratuita de Mel Gibson para creer en Él.
Lamento que, al parecer, otros sí...
Muy cordialmente,
Ricardo D. Rabinovich-Berkman
NOTA: Terminado este Editorial, me comentaron fuentes amigas, y no he podido verificar esa versión, que la "tradición" de la flagelación brutal y sádica de Jesucristo, al estilo de la narrada por Spülbeck y filmada por Gibson, es corriente en círculos pre-conciliares. Ello sería coherente con el declarado rechazo por parte de este director de las instituciones del Concilio Vaticano II. Es público y notorio que, durante la filmación, hizo celebrar en forma cotidiana, en el sitio, la Misa en latín. Personalmente lo escuché decir, en un reportaje televisivo, que los ritos, en los idiomas vernáculos "habían perdido la magia" que les confería la vieja lengua romana...

Respuesta del Dr Antonio Caponnetto al Sr Rabinovich

Dr. Ricardo D. Rabinovich-Berkman:

A juzgar por una referencia que leo al pasar en el nº 29 de Persona, invita Usted a sus lectores a expresarse con libertad sobre su Editorial del nº 28 titulado El Evangelio según Mel Gibson. Recojo el guante por cuenta propia, no sin reservas, y columbrando con aflicción que las susodichas razones me obligarán a ocupar un tiempo mayor que el suyo, desacatando así el prudencial aforismo de Hipócrates: ars longa, vita brevis, que para evitarle los enredos fonológicos que le han traido los latinazgos fílmicos, deberá pronuciar ars longa,uita breuis, sorteando macarrónicos acentos.
Intentaré pues, en la ocasión, la vía del modesto croquis.
1.-Se "asombra" Usted "hasta la estupefacción" al enterarse "del beneplácito, al parecer en un primer momento ardoroso, del Santo Padre" dado a La Pasión de Gibson. "Salutación gloriosa" la llama, que "en buena hora" habría sido "desmentida, o revisada, o callada" después, aunque "no en razón de las debilidades históricas del filme, sino como reacción a las quejas de varias comunidades judías, que lo tildaron de antisemita".
No hay nada en la tal conducta pontificia que justifique su estupor, mas si algo que debería mover su docilitas. El "beneplácito" del Santo Padre no fue nunca presentado como "ardoroso" ni como "salutación gloriosa"; antes bien como un lacónico y significativo dicho: "es como fue" (Agencia Zenit, 18-12-03) que avalaba precisamente el meollo del punto en discusión: la veracidad de los relatos gibsonianos. Al decir "es como fue", Juan Pablo II no sólo salía al cruce de quienes acusaban a la película de antisemita, sino de quienes como Usted creen que está llena de "debilidades históricas". Que tan sintética pero substancial declaración pontificia haya sido "desmentida, revisada o callada", prueba el volumen de la campaña en contra que tuvo que soportar esta iniciativa, mas no la inautenticidad de las palabras del Papa, a las que las agencias oficiales vaticanas tuvieron siempre por genuinas. Bastaría cotejar al respecto el despacho entregado a los medios por Monseñor Stanislaw Dziwisz, secretario personal de Juan Pablo II (cfr.AICA,nº 2454, p.571)
Me dirá Usted -y lo sigo- que las opiniones cinematográficas del Santo Padre no comprometen la doctrina de la infalibilidad, ni siquiera la filial cortesía de tenerlas en cuenta. Es lo que me pasa con su admirada La vida es bella, insostenible trivialización de un drama sostenida en los clichés de la propaganda aliadófila, y que si su coherencia fuera un poco más exigente debería Usted rechazar en vez de ponderar. Porque es Usted quien dice, y dice bien, que "cuando se pretende hacer historia en el cine, se debe andar con pie de plomo". Como también son suyas las justificadas reprobaciones de aquellos que "crean un modelo al estilo Hollywood de los nazis estúpidos y obcecados, torpes y sin ideas ni principios". Pero la diferencia a mi favor es que, en el caso que nos ocupa, el laconismo pontificio -esas menos palabras que puedan ser, como fatblaba el Infante Juan Manuel- no encierra un juicio cinematográfico sino más bien histórico y teológico. Vio la pasión del Señor llevada a la pantalla y sentenció: es como fue.

2.-Le asisten a Usted los proverbiales derechos para declararse "lector y admirado, de las obras de Crossan, cuya solidez histórica" le "parece notable". Y tan apodíctica confesión me permite conocer fácilmente la raíz de los yerros que desgrana en su Editorial. No parece atinado en cambio que, ante lectores eventualmente no especializados en el tema, lo llame Usted al arbitrario Crossan "reconocido investigador" y "católico fervoroso", no siendo ninguna de ambas cosas, sino mas bien un discutido personaje que se ha caracterizado por sus explícitas y reiteradas heterodoxias, lo que le ha valido entrar en colisión con el Magisterio Tradicional de la Iglesia. Su Jesus: A Revolutionary Biography, por citar uno de sus trabajos, agrega a la audacia de sus conjeturas un tono que linda calculadamente la irrespetuosidad. No es el suyo, por cierto, ni el único ni el principal caso de un biblista revulsivo, pero conviene saber de quién estamos hablando.
En junio de 2003 el vocero de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), Mark E. Chopko, ofreció disculpas a la productora Icon de Mel Gibson, por una serie de infundios que circuló en torno a la película The Passion. Entre esos difamadores se contaba "el círculo de intelectuales del controvertido Jesus Seminar" -con Crossan a la cabeza- que "están trabajando fervientemente en reescribir el Nuevo Testamento", dice News Max y recoge oportunamente ACI (Agencia Católica Internacional) en su edición del 16-6-03. "El Jesus Seminar" -prosigue advirtiendo el Informe- "es un auto nombrado equipo de ‘intelectuales biblistas' que se han dedicado a releer los Evangelios a partir de un sistema subjetivo de especulaciones racionalistas y de votaciones entre sus miembros, con el cual dicen determinar la ‘veracidad', separándola de lo que consideran ‘leyenda'. Según el Jesus Seminar, menos del 20 por ciento de lo que dicen los Evangelios es cierto". Bien puede verse entonces, que no han faltado recientes voces de alerta sobre el "fervoroso católico" y "reconocido investigador".
Por su parte, los miembros del Seminario de Jesús le han dicho muy seriamente a Richard Hays, en una entrevista que publicara el nº 43 de First Things , que ellos son los titulares de "la erudición que prevalece en las grandes universidades del mundo". Lo que no condice, ya no con la modestia y el tino exigibles a todo exégeta, si no con la confesa criteriología del Seminar, en virtud de la cual,como apuntábamos, se deciden por mayoría de votos afirmaciones tan temerarias como la cuasi apocrificidad del Pater. Es por eso que el mencionado Richard B. Hays, Profesor Asociado del Nuevo Testamento en la Escuela de Divinidad de la Universidad de Duke (Estados Unidos), les ha replicado con palabras que vale la pena conocer : "ni un solo miembro de las cátedras neotestamentarias de Yale, Harvard, Princeton, Duke, University of Chicago, Seminario Teológico de la Unión, Vanderbilt, SMU o de la Universidad Católica ha participado en este proyecto [el Seminario de Jesús]. Es innecesario decir que los facultativos de los seminarios evangélicos no han participado. Tampoco han participado estudiosos reconocidos de Inglaterra o de otras partes del Continente Europeo. De hecho - quiero expresar esto claramente - la mayoría de los estudiosos bíblicos reconocidos sienten un profundo escepticismo al contemplar los métodos y las conclusiones de este grupo académico seccionado de la comunidad de estudiosos. El punto es que éste[se refiere aquí a un trabajo en conjunto,dirigido por Crossan] es un libro de imaginación que ha sido producido por un grupo de autodeclarados ‘eruditos' que declaran puntos de vista no convencionales sobre Jesús y los Evangelios. Ellos, por supuesto, son libres de publicar estos puntos de vista. Sin embargo su intento de presentar estas opiniones como si fueran ‘los resultados establecidos firmemente luego de un análisis crítico erudito' es, uno debe decirlo, un engaño condenable".
Junto a estas sugestivas declaraciones de Hays, téngase además por dato interesante, que de los 74 miembros nucleados por Crossan en el Jesus Seminar, muchos de ellos, amén de no ser biblistas, eran intelectuales de extracción conocidamente anti-religiosa provenientes mayoritariamente de las universidades norteamericanas de Harvard, Claremont y Vanderbilt. Tal el caso del cineasta de origen holandés Paul Verhoeven -para quien la pasión de Jesús puede compararse a un "accidente de tránsito"- director de películas de violencia como Robocop y Total Recall, o decididamente pornos como Showgirls. Sobre ninguna de las cuales he leido comentarios críticos desde las digitales páginas de Persona.
No, Dr. Rabinovich; para que el debate televisivo que lo defraudó hubierá sido parejo, no tendrían que haber enfrentado a Gibson con Crossan,sino a éste con Ratzinger, o con la Comisión Bíblica Pontificia, o tal vez con Rafael Aguirre, que supo salirle al cruce en una notable ponencia organizada por la Complutense en El Escorial, hacia agosto del 2001. Por aquello que decía Jauretche haciendo un símil con las cuadreras: "igualá y largamos". Remitir a Crossan para evaluar La Pasión de Jesucristo, la real y la fílmica, es como recomendar el Facundo de Sarmiento para conocer la vida de Quiroga, o como preguntarle a Bush por las armas químicas de Saddam.

3.- Tiene Usted también todo el derecho a preferir la interpretación de Renán y hasta a "compartir plenamente" sus "serias dudas". Poco conforme con los textos evangélicos sobre la flagelación, que le resultan escuetos, y en todo disconforme con la descripción gibsoniana, acude al renombrado racionalista, al que encomia como "conocedor de la civilización latina", subrayando que "su rigor científico en punto a las reconstrucciones, no merece mayores reparos en general". Pero entonces, pongámonos de acuerdo en que no estamos de acuerdo, como dice Chesterton. Porque si su enojo contra Gibson es por su supuesto apartamiento de los sacros textos, no puede luego Usted, ya no apartarse de los mismos, sino contradecirlos de la mano de un apóstata, enemigo declarado de la Iglesia y miembro activo de la masonería. Que esto fue Renán y no el genio que no habría merecido "mayores reparos". Juicio que si lo sobresalta podrá corroborar leyendo a José Manuel Groot -no el ciclista, antes de que el Google le juegue una mala pasada- sino al converso colombiano que refutó la impía Vida de Jesús del incrédulo franchute. Porque si algo recibió Renán desde que dio a conocer sus páginas sobre Jesucristo, fueron reparos a granel. Y hasta el postrer, paradójico y significativo reparo de un nieto heroicamente católico, el inolvidable Ernesto Psichari.
Tras Crossan primero; tras Renán después. Ahora falta que nos recomiende entender la cuestión judía leyendo Nous autres racistes de Amaudruz, Die Juden de Gottfried Feder, o ¿por qué no? Das Wesensgefüge des Nationalsozialismus, del equitativo Rosenberg.
Podrá Usted conforme al gusto de esta época, preferir una pasión ligth, con algunos coágulos estéticamente extendidos sobre el cuerpo de la víctima, casi desodorizada y sanitaria, con precauciones leguleyas para evitar los excesos y controles médicos de rutina. Podrá Usted con Renán, imaginar una soldadesca llena de equilibrio y señorío, verdugos mesurados, profiriendo chanzas e insultos a reglamento. Podrá Usted asimismo, huero de una seria perspectiva teológica, despojar al drama mayor de la historia del odium fidei que lo consumó hasta trasponer el umbral mismo del misterio de iniquidad. Podrá omitir la presencia desatada del Demonio entre aquellas furias rugientes de la sangre del Justo. Pero muy otra es la historia.
Marcos usa el término griego mástix que equivale al latino flagellum. El flagellum ,como suplicio y como instrumento, tenía dos nombres y dos formas. El loris uno -fuste con correas- y el flagrum, aún más cruel si cabe, con sus variantes scorpiones y plumbata, cargados de cadenas retorcidas, bolas de plomo, puntas de hueso (astragaloté) y otros instrumentos cortantes. Lo propio del flagellum era cedere (herir), secare (cortar), scindere (desgarrar). Y lo propio del flagrum era rumpere (romper), pinsere (machacar), forare (agujerear) y fodere (cabar,excavar). Sabemos éstos y tantos o más tristes datos por el concurso de las fuentes, como Ciceron, Tito Livio, Filón o Plutarco. Por los descubrimientos arqueológicos,como los de Perret en las Catacumbas de Roma. Por las Actas de los Mártires, por los grandes biógrafos de Jesucristo -Lebreton, Prat, Vilariño, Buil, Berthe, de Niubo,etc-, por los especialistas en sindonología, y porque hasta el mismo Flavio Josefo cuenta que hizo azotar a un enemigo suyo en la ciudad de Tariquea, hasta "que se le vieron los huesos". Así como cita el caso de Bar Hanan, al que mandó flagelar el procurador Albino, hasta llegar "a la denudación de los huesos" (Bell.jud VI,5,3). De acuerdo Dr Rabinovich: "leer un poquito a Flavio Josefo no hace daño".
Nada ha inventado Gibson al respecto, ni "es cosecha del propio director" el conjunto de las desgarradoras escenas. No se trata de "una generosa donación gibsoniana a la capacidad de espanto del público", ni de morbosas descripciones que pueden tener su correlato en las peripecias cinematográficas de Wallace. Mas bien se ha quedado corto el cineasta como se lo ha objetado el Centro Español de Sindonología, con sede en Valencia y dedicado al estudio de la Santa Sábana. Ha sido su Vicepresidente, Jorge Manuel Rodriguez, el que recordando el texto de Isaías, según el cual -y como consecuencia de la flagelación- ya no tenía el Señor aspecto humano, señaló -pruebas en mano- mayores y más sugestivos detalles de los tormentos a los que fue sometido Jesucristo. (cfr. ACI, Madrid,6-4-04).
Que a la vista de estos irrecusables testimonios, Usted prefiera la versión renaniana, libre "de caracteres sádicos y atroces", procurando atemperar por todos los medios el drama cruento e impar del deicidio. Que insista arbitrariamente ,y contra las profecías veterotestamentarias, en que no pudieron darse "actos tan vergonzosos" ni llegarse a "tales indignidades". Que sostenga,minimizándola, que se trató de "una mera flagelación de rigor", cuando justamente por serlo resultaba una feroz carnicería. Que crea que el "dechado de violencia" y el "festín de crueldad" en que se convirtió aquel martirio, sólo pertenecen al magín de un cineasta monotemático y no a la ingrata realidad de los sucesos. Que rechace al fin -también Renán mediante- los escarnios y los vituperios mencionados en los Sinópticos, puede ser el fruto de una sensibilidad extrema que se defiende de dolores propios negando los ajenos. Ningún hijo quiere ver sufrir al Padre. Y esto pensando primero bien, como enseña San Ignacio. Pero que ridiculice y menosprecie la veraz pasión recreada por Gibson -veracidad que sufre por defecto no por exceso- y que la descalifique como si se tratara del recurso mórbido analogable al de las películas de terror, se aproxima mucho a la blasfemia y al pecado contra el segundo mandamiento
¿Qué extraña pasión prefiere e imagina Usted, doctor Rabinovich, en la que la soldadesca no viola la temperancia, los látigos no penetran la piel, la sangre no salpica y los cuervos que acechan cadáveres inminentes se retiran respetuosos durante la agonía de sus víctimas? ¿Qué extraña pasión confecciona Usted, con un Barrabás convertido en un guevar