Hace unos días no más de una semana, en el camino este tan extraño de la red, encontré una persona,(por aquí se ve de cada cosa) pero esta persona me extrañó, no se conectamos de una manera especial. La persona en cuestión prefiere estar en el anonimato que no en el olvido, lo que respetare eternamente. Pero lo que si quiero compartir desde su anonimato es un relato que me gusto mucho no, muchísimo y que por desgracia esta tan de moda ... que ya da ...
No os quiero entretener mas, a todo aquel que paséis por mi blog quiero dejaros con la historia de Clara.
Clara
Mientras se limpiaba el pequeño hilillo de sangre que salía por sus fosas nasales, Clara pensaba: "¿Cuándo se volvió así? Era tan callado, tan dulce, tan tímido..."
El espejo le devolvía cruelmente su imagen distorsionada como esos espejos de feria que he hacen enormemente gordo o enormemente flaco; allí se plasmaba un rostro infinitamente triste, de ojos llorosos y abotargados, una mirada pluviosa que palpitaba como si quisiera escaparse de su cara, sintiendo como la hinchazón comenzaba a hacer sus primeros estragos; sus pómulos pronto serían paquidérmicos y morados, como los lirios que a ella tanto le había gustado coger de pequeña en el campo para regalárselos a su abuela. Este pensamiento pugnó por convertirse en una lánguida sonrisa, pero todo se quedó en un extraño ademán que no hizo más que acrecentar su horrible aspecto. Ahora aborrecía el color morado.
Sus neuronas estaban exaltadas, y, torpes, trataban de ordenar sus ideas. Su mente hacía un intento por rebobinar, volver atrás en el tiempo para tratar de recordar en qué momento lo hizo por primera vez. Sin embargo, paradójicamente, no cesaba de proyectar pensamientos alegres como el que tuvo antes de la abuela; uno de ellos fue su noviazgo con Ángel. Fueron los mejores años de su vida. Cuando se presentó en uno de sus ensayos, el día de su cumpleaños, con un monumental ramo de flores y una mezcla de admiración y, por qué no decirlo, algo de vergüenza al ver los caretos de sus compañeros, se repujó en su interior.
Tratando de llegar al dormitorio, sus plúmbeas pisadas se llevaron un par de sillas por delante, y sus desorientadas manos, en un intento por aferrarse a las paredes del pasillo para mantener el equilibrio de su maltrecha figura, también hicieron lo propio con un cuadro horroroso e insípido de unos floripondios que realmente siempre había detestado, por la sencilla razón de que había sido un presente de su suegra.
En este tortuoso trayecto, una imagen, como un flash, deslumbró su cerebro. Sí, al fin lo logró, en sus archivos capitales había conseguido encontrarlo. La primera vez. Una noche de verano, justo una semana después de casarse se hallaban prestos a ver una película que daban por la tele, una de sus películas favoritas, "Lo que el viento se llevó". Dada su enorme duración, preparaba una cantidad ingente de palomitas, esperando, casi rezando, que le salieran bien, pues era la primera vez que las hacía. Recordaba las mofas de su madre cuando le decía: "¡Con lo poco que te gusta cocinar, vas a tener a tu marido a pan y agua!". Su cabeza se hallaba preñada de estas sandeces cuando la loca danza de las palomitas en la olla y la música de los títulos de crédito, hicieron su aparición al unísono. Ángel gritaba: "¡Ya empieza!", ella casi corrió al salón dejando que el maíz revoloteara en su baile epiléptico.
La melodía de este film la embriagaba, la dejaba extasiada, todo el vello de su cuerpo se ponía de punta.
Y mientras las notas de este film taladraban dulcemente su tabique auditivo, notó un olor a quemado. Las letras de la palabra "palomitas", se anudaron de forma súbita en su cabeza, incluso la llegó a balbucir en sus labios. Al llegar a la cocina y ver la humareda negra, pensó: "Nos quedamos sin aperitivo". La olla estaba para tirarla, todo el fondo se encontraba lleno de una negrura que sería imposible blanquear ni con el detergente más fuerte.
Casi cómicamente se dio la vuelta para enseñarle a Ángel su "hazaña", pero éste estaba apoyado en el quicio de la puerta mirándola de forma inquisitorial.
- - Ya ves - dijo ella sonriendo - nos quedamos sin palomitas, si quieres hago má...
No le dio tiempo a terminar la frase, una bofetada cruzó su cara de manera fugaz y extremadamente dolorosa.
- - La olla era un regalo de mi madre, ¿o no te acuerdas? No tiene ni puta gracia Clara, y encima ahora tendremos que ver la peli a palo seco, como no es larga...
Y silenciosamente, casi sigilosamente, se despegó del quicio, que parecía haber pasado a formar parte ya de su cuerpo, y, reptando, se volvió al salón desplomándose en el sofá son furia, y pulsando el botón del volumen descargaba su ira sobre el mando a distancia del carísimo televisor.
Cuarenta mil chispas de todos los colores saltaron alrededor de Clara y como puñales evanescentes, dagas dañinas, se fueron clavando en la mejilla de ella. No supo que pensar, es más, no lo hizo, no pensó nada.
Todavía recuerda como incluso se disculpó, y la sonrisa malévola que se trazó en el rostro de su marido, un rictus que la sentenció a cadena perpetua, a muerte. Aquella noche Ángel marcó su territorio, aquella noche comenzó su reinado de terror.
¡Ah! ¡Cómo le escocían los labios agrietados! Sin embargo le escocía aún más su reacción pretérita de aquella noche. Si ella hubiese contraatacado y le hubiese dejado las cosas claras... Ahora ya importaba, y si lo hacía, no tenía remedio. Todo su cuerpo palpitaba como el intermitente de un coche tras el vituperable abrazo de su querido marido. Y no era irónico, era su querido marido.
* * *
La mañana era fría como su mirada. Sus gélidos ojos desorbitados, miraban, pero no veían. Ángel recorría sin rumbo las congestionadas calles de la ciudad. Sus escleróticos andares, hacían juego con el estado de su mente en ese momento.
Un "¡qué se ha creído!", y un "se lo merece", pululaban por su garganta, queriendo salir fuera de su boca, no obstante quedándose enredados en sus dientes que castañeteaban por el frío. El vaho humeante que salía de sus fauces entretejía una serie de recuerdos centelleantes, acrecentando aún más su irascible estado de ánimo.
El recuerdo afloraba entre tanta inmundicia interior. Se veía a sí mismo escondido bajo la cama temblando, sintiendo el curso de sus lágrimas que corrían mejillas abajo hasta desembocar en el borde de su mentón, mientras observaba por la rendija que dejaba al descubierto la puerta como a fuego. Si Satanás existía, sin duda debía tener ese rostro; lo curioso era que no mostraba expresión alguna, ni rabia, ni odio, simplemente no había nada, estaba vacío, como un lienzo en blanco y eso es lo que lo hacía tan terrible. La debilidad devoraba a su madre... Quizá por eso la odiaba. Sí, la odiaba, porque se lo merecía, porque era por su bien. Ella no replicaba cuando su marido lo golpeaba hasta sangrar, o hasta llenarla de moratones. Y su mutismo la hacía cómplice de su culpa. Tenía que ser culpable, pues aceptaba su castigo con una docilidad inaudita. Tenía que ser en beneficio de su propia persona, aunque luego orinara sangre durante dos semanas, o estuviera dos días sin poder abrir los ojos por el derrame tan protuberante. Su mente infantil trataba de elucubrar este supuesto misterio, llegando a sus propias conclusiones. Su padre, un pescadero frustrado del tres al cuarto, provenía de una familia de triunfadores, empezando por la cabeza de familia que trabajaba como médico, su hermano como farmacéutico y su hermana como profesora de lengua y literatura en un instituto de la ciudad. Él no era nada, y esa nada se instaló en sí mismo como un tumor que le afectaba a su alma, que rebotaba en sus entrañas y que lo estaba matando poco a poco.
Y ese papel de perdedor fue la única herencia que recibió de su progenitor.
Caras. Las caras lo asediaban. Las mismas caras todos los días. Unas más alegres, otras más tristes. Rostros que podría extrapolar sin ninguna dificultad de su mente a un papel y cuya visión le suponía tener una estaca pesada que se le clavaba cada vez más en su pecho compungido, tras el metacrilato de su taquilla del metro...
* * *
Acaricia sus cuerdas lentamente, con parsimonia, como si se tratara de algo fragilísimo... Su violonchelo, el fetiche de su consuelo, su arcángel defensor ante la estocada execrable de su marido en su virtud femenina., su único amparo, su pañuelo de lágrimas. Es como si la reservara de mostrarle la cara más oscura de lo oscuro, el lado más inverso de lo inverso. Una porción de futuro truncada por él. Toda su vida estaba ahora en un trastero, infecta de telarañas, cubierta por el polvo fruto de la acritud de su alma apolillada, nido de la rutina pagana, enemiga electa de su voluntad hipnotizada por el amor, o las malas artes de Ángel.
Y he ahí en combustión su hastío, su flamígero odio hacia su amado compañero, abrazada al violonchelo que fue la fuente de sus ilusiones y ahora es el quemador de su amargura, aunque yace inánime, marchito, poluto, como ella misma.
* * *
Las bisagras chillonas de la puerta principal le anuncian su regreso. Una figura a contraluz se difumina en la entrada... El temblor trepa por su médula espinal.
Pudo observar una mirada sanguinaria, unos ojos sanguinolentos. No medió palabra, sólo un silencio blindado que gritaba si instaló furtivamente entrambos.
Y en ese momento lo vio claro, supo que aquí todo se acabó, esa mañana su cónyuge ladrón vino a robarle lo único que aún le había permitido conservar: el aire que se filtraba por sus pulmones para alimentar su podrida vida, pues le había hurtado su independencia, su dignidad, su personalidad...
Él dio un paso hacia ella, y, casi milagrosamente Clara se percató de una cosa: su anterior pensamiento fue erróneo, ese paso de su marido pareció activar un mecanismo dentro de su persona, todavía le quedaba algo en sus adentros que no había perecido, algo que ella misma creyó marchito, sin embargo se arrebolaba en su interior, y ese algo era su orgullo, su orgullo femenino, su integridad como mujer, que maravillosamente pareció resucitar en ese instante oscuro... Y decidió hacerse un regalo: la liberación.
En esta mañana gris y torpe ella se percató de la proximidad de su muerte, mas su orgullo le imperó que no le permitiera esa ventaja a su marido, que llegados a este punto, y que por una vez en casi su extinguida existencia fuera valiente... y decidió concederse ese privilegio a sí misma. Ya no había vuelta atrás, y al ver como la sangre manaba de los puños apretados de Ángel de pura rabia, un pistoletazo sonó en su cabeza, la señal de salida. Y sin más se dio la vuelta, sonrió, sacó fuerzas de flaqueza, corrió hacia el salón y atravesó el cristal de uno de los grandes ventanales, rompiendo la cáscara de su condena, y sintió que se inundaba de pureza, y el viento la recargó de su libertad ausente y le insufló vida para alcanzar su muerte, y la libró de esa gran lacra que la apesadumbraba... El viento... como el que le gustaba oír mientras se colaba, fisgón por las rendijas de la chimenea de la cocina de la abuela, cuando era niña, ululando igual que un fantasma arrastrando sus cadenas; cadenas, las suyas que se desintegraban al compás de su caída... y cerró los ojos, y una inusitada felicidad extrajo una lágrima de ellos, la última que vertería, y que se fue a mezclar con el rocío de los árboles que circundaban su casa... y yació entre flores, que por un momento se alimentaban con la sangre fluyente de casi todas las partes de su cabeza, un rojo que se camuflaba entre la variedad cromática del jardín de la entrada a su domicilio, tantas veces cuidado y mimado por ella.
* * *
Y desde lo alto el omnipotente Ángel contempló su obra, un atisbo de deidad en forma de escalofrío le recorrió su encolerizado cuerpo, sin embargo de pronto despertó a la realidad al caer sobre él los primeros copos de una nevada incipiente que se comenzó a fraguar en ese preciso instante... Y el remordimiento le mordió.
Y a las 9:45, la policía encontraba una heroína muerta en el jardín, y un Judas de plata cristalizado, recortado sobre la fachada, aterido por el frío y la nieve, colgado del cable del brasero eléctrico y que danzaba al son del asolador viento del mes de enero, un viento terrible y libertador.
Jr. Un amigo, un Hermano.
Gracias por compartir

A llegado a ser el pan de cada dia. Y cada dia más esto es horrible.
Es una pena que haya personas asi.
Gracias por pasar por mi puerta y dejar tu mensaje
G R A C I A S