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La Coctelera

rafarodrigotaita

21 Febrero 2009

Ahora que llegan los Oscar´s

 

 

Ella fue una de las grandes, y lo sigue siendo en el recuerdo de quienes seguimos pensando que la nostalgia y el recuerdo del cine en B&N

Bette Davis pasó también por la alfombra roja en muchas ocasiones. 

AÑO 1962 Finalista:  Bette Davis por  ¿Qué fue de Baby Jane?

AÑO 1952 Finalista:  Bette Davis por  La Estrella

AÑO 1950 Finalista: Bette Davis por Eva al desnudo

AÑO 1944 Finalista: Bette Davis por  Mr. Skeffington

AÑO 1942 Finalista:  Bette Davis por La extraña Pasajera

AÑO 1941 Finalista:  Bette Davis por La Loba

AÑO 1940 Finalista:  Bette Davis por La Carta

AÑO 1939 Finalista: Bette Davis por Amarga Victoria

AÑO 1938 Premiado: Bette Davis por JEZABEL

AÑO 1935 Premiado:  Bette Davis por PELIGROSA

REPORTAJE

Mujer de carácter y mirada saltona

Hoy Bette Davis, genial protagonista de 'Eva al desnudo', cumpliría 100 años

MARUJA TORRES 05/04/2008

Cuando el rostro humano valía tanto para el cine como el épico paisaje del Gran Cañón del Colorado, cuando unos ojos y una luz bien dirigida narraban un amor o su ausencia, o un asesinato que sucedía fuera de la pantalla, cuando unas piernas de mujer bajando una escalera expresaban una voluntad... Cuando, en definitiva, el cine era tan grande -más grande que la vida, solía decirse- y tan en claridades y en sombras que no cabía en la pantalla de un teléfono móvil, una mujer rubia y relativamente bajita, de mirada saltona y busto acolchado, irrumpió en lo que se conocía como el star system de Hollywood, instalándose en la primera fila con determinación y carácter. A simple vista parecía frágil, pero resultó de acero.

Bette Davis no era una belleza ni necesitaba serlo: para eso estaban las otras, las lánguidas, las vampiresas o las chicas de la casa de al lado. La señorita Davis, de Lowell, Massachusetts, poseía algo mejor: talento, determinación, y la versatilidad necesaria para convertir los puntos flacos de su anatomía en poderosos alicientes interpretativos. Sus encantos obedecían a su mandato: y en eso residía el mayor encanto. Astuta, Bette Davis asimiló para sus personajes la entera galería de los prototipos femeninos de la época, pero volcándolos en su crisol y devolviéndolos en interpretaciones memorables, casi siempre a este lado del histrionismo -esa delicada frontera con la que sólo los gigantes pueden coquetear-, pero rozándolo. Abarcaba la panoplia entera, como nadie lo había hecho hasta entonces. En La loba, su trabajo convertía las argucias de una arpía sureña sedienta de patrimonio en la encarnación de una clase emergente avariciosa y despiadada de la que incluso hoy recibimos ejemplos cotidianos. Su Regina era un tótem del capitalismo salvaje que acechaba a una sociedad todavía ingenua, intuido genialmente por la autora de la obra, Lillian Hellman. Del mismo modo, cuando tuvo que protagonizar películas de mujeres, e hizo bastantes, Davis le dio la vuelta al dramón, convirtiéndolo, una vez más, en una cuestión de carácter: La extraña pasajera.

Las películas de mujer de los años treinta y cuarenta eran el precedente de los telefilmes de sobremesa que tienen en los avatares femeninos inventados por los guionistas sus principales alicientes. Aunque aquello tenía clase. Sufrir y ser incomprendidas era el destino de las protagonistas de esos filmes inolvidables, pero Bette Davis incorporó algo excepcionalmente suyo. Sufrir, sí; ser incomprendida, por qué no. Mas, por encima de todo, ser una bitch. Eso iba a convertirse en su marca de referencia. Generalmente, la señorita Davis empezaba como bitch, y luego pasaba a los estadios más nobles, llegando en algunas ocasiones (Jezabel) al sacrificio de entregarse a la peste negra por amor, o a morir de un tumor cerebral (Amarga victoria), para pagar por haber ido a muchas fiestas. Pero uno siempre se quedaba, allá en la butaca, con la pérfida, la mujer diferente que había detrás.

El término bitch, que según los lingüistas puritanos era el peor insulto que antiguamente se le podía lanzar a una mujer -más grave que llamarla puta-, fue enriquecido por Bette Davis para el cine. Y aunque últimamente haya sido adoptado en las teleseries en que aparecen pandilleros y delincuentes para insultar a los ex convictos con términos tales como "chúpamela, perra", quien quiera apreciar los matices debe acudir tanto a la interpretación del Gran Diccionario Oxford Inglés-Español como al cine de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Indica el diccionario: "Perra, zorra, loba, hiena, hembra, mujer despreciable, bruja, arpía, cabrona", entre otras acepciones. Añadan a esos insultos algo que no lo es, "mujer de carácter", y obtendrán, destilada, la mejor personificación de la bitchie inteligente que ha dado el cine: Margot Channing en Eva al desnudo.

Ahí se detiene mi recuerdo de ella, en esa actriz madura y combativa, insegura y grandiosa, que se balancea por el salón de su morada, vestida por Edith Head, gruñona y recelosa, indefensa y agresiva, irónica y contrita y, definitivamente, a ratos una víctima, a ratos un dolor de cabeza.

Nunca hubo ni habrá otra como ella. Y eso es lo mejor que de alguien puede decirse.

 

DIEGO GALÁN

Aquella noche en Donosti...

DIEGO GALÁN 05/04/2008

 

Era una ancianita enclenque y casi paralítica, necesitada de silla de ruedas o de un apoyo firme para mantenerse en pie, pero lucía pelucas que no dejaban sospechar que estaba calva, se maquillaba con cuidado exquisito para que sus ojos saltones de color violeta brillaran con brío, elegía con coquetería el broche exacto para cada vestido... Nos preguntábamos de dónde sacaba tanta energía a los 81 años para gobernarlo todo desde su fragilidad.

Nos preguntábamos de dónde sacaba tanta energía a los 81 años

Fue amortajada con el mismo traje de aquella noche inolvidable

Supervisó los últimos detalles de sus apariciones, seleccionó su vestuario entre las docenas de maletas que había traído consigo, rechazó con firmeza a los maquilladores que no le gustaban, decidió el mueble en que apoyarse para aparecer sola y firme frente al público..., todo con determinación de hierro.

Bette Davis quiso despedirse del mundo en olor de multitudes, y aunque en el teatro de San Sebastián no cabían masas, recibió allí, público en pie, la última gran ovación de su vida. Esa noche se sintió feliz, se emocionó... aunque pronto se iba a enfadar mucho. Había exigido que se tradujera su discurso, y nada menos que Fernando Rey estaba dispuesto a hacerlo. Pero el actor, animal de teatro, comprendió que tras aquellos aplausos enfebrecidos no cabía traducción: el público había entendido a la Davis, al menos desde la emoción, y con eso bastaba. Ella, sin embargo, no estuvo de acuerdo, y cuando bajó el telón se enfrentó a todos con un gran cabreo. Hubo que sentarla y esperar a que amainara el temporal. Tardó tanto en calmarse que empezó la película que se proyectaba a continuación, con lo que resultaba imposible cruzar el escenario por delante de la pantalla para acceder a la salida. Hubo que caminar por detrás del enorme decorado, a oscuras, dando una vuelta complicada...

Entonces, la gran estrella que minutos antes había brillado en el escenario, se desmoronó. Entre bastidores, desvalida, frágil, agarrada a nuestros brazos como única salvación y con el fondo sonoro de la película de risa que se estaba proyectando, Bette Davis era un guiñapo. Pero de pronto, ante el asombro de todos, se produjo el milagro. Al salir por fin a la calle y encontrarse con la ovación del gentío que estaba esperando, la Davis volvió a erguirse y a desplegar su secreto poderío. La ancianita dejó paso a la estrella de otros tiempos, y de nuevo el público la aclamó entusiasmado. Entonces nos susurró: "Me han devuelto ustedes la vida".

Bette Davis murió en París 15 días más tarde, el 6 de octubre de 1989, víctima del cáncer que padecía. Su secretaria escribió diciendo que había querido ser amortajada con el mismo vestido de aquella noche inolvidable... Hubo quien especuló sobre si precisamente la inminencia de la muerte había sido el motivo de que hubiera aceptado la invitación de aquel modesto festival.

Quizás fue así, quién lo sabe. En San Sebastián derrochó glamour y esa sabia inteligencia escénica de los grandes del espectáculo, dirigiéndose a sí misma, y desde luego dirigiendo a los demás, para lograr una despedida apoteósica, triunfal, que le hiciera olvidar por un instante el lado oscuro de la decadencia y le devolviera a los años de triunfo en que con sólo una mirada ponía en posición de firmes a medio Hollywood.

 

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Mi nombre es Rafa Rodrigo, soy de Quart de Poblet (Valencia) y me encanta la música, disfrutar de los momentos, y compartir experiencias con mis amigos, y con la buena gente.

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