PETER GURALNICK EL ULTIMO TREN A MENPHIS - AMORES QUE MATAN
Lo he incluido en el post de mi amig@ SIN TON NI SON porque ha realizado uno que es genial, y que os aconsejo que visiteis, así que va por ti.
Cosas que se dicen de él (Te lo recomiendo)
Pasará mucho tiempo antes de que otra biografía coseche tan encendidos elogios como los obtenidos por esta obra definitiva (el adjetivo no es por una vez hiperbólico) sobre la fulgurante ascensión y la apoteósica decadencia de un cantante ya instalado en la mitología popular contemporánea. Basten dos muestras extraídas del New York Times: «Un triunfo del arte biográfico […] un libro profundo y conmovedor» (Stephen Wright); «hagamos un poco de ruido […] la mejor biografía jamás escrita sobre una estrella del rock» (Gerald Marzorati). Incluso el huraño Bob Dylan ha abandonado su guarida para unirse al coro de apologistas: «[Elvis] parece salir de estas páginas, notamos cómo respira; este libro anula todos los demás». Tras una meticulosa investigación, Pete Guralnick afronta las luces y las sombras de Elvis para devolvernos a la persona silenciada por su máscara y rescatar la realidad sepultada bajo el templo de la idolatría. Guralnick no juzga ni declama: se limita a mostrar los hechos con apasionado rigor o con piadosa objetividad sin caer jamás ni en la crueldad exhibicionista ni en el sentimentalismo devoto. El resultado es un retrato magistral del individuo y de la sociedad que lo elevó a los abismos del trono.
Peter Guralnick es crítico e historiador de música popular norteamericana y uno de los biógrafos más prestigiosos. Entre sus obras se encuentran la aclamada trilogía Sweet Soul Music, Lost Highway y Feel Like Going Home; Searching for Robert Jonson y la novela Nighthawk Blues
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Título: "Último tren a Menphis"
Autor:PETER GURALNICK
Editorial: GLOBAL RHYTHM
Nota de la Redacción:
Entre 1996 y 1999 se publicó en Estados Unidos una de las biografías más completas, si no la que más, sobre la vida de Elvys. Se publica ahora en español con una edición muy bien cuidada y con fotos excelentes. El contenido es simplemente tan abundante y completo que supone una inmersión poco común en la vida de otra persona. El autor menciona en su prólogo que no habla de las películas, pero en realidad si lo hace. Habla de cómo las vivió Elvys y lo que supusieron para un hombre aficionado al cine, que trabajó como acomodador en el cine de su pueblo y que tenía ir al cine con su primera novia como costumbre. Estaba en el cine con su chica en 1956 cuando comprendió que nunca podría volver a una sala con público para ver una película. La policía entró en la sala buscándole. En el exterior se había concentrado una muchedumbre de fans que habían destrozado su coche en busca de recuerdos. A partir de entonces pasó a la pantalla.
Ese mismo año comenzaría su trabajo en el cine que se concretaría en una treintena de películas. La biografía se compone de dos tomos, "último tren a Menfhys" y"Amores que matan", nosotros incluimos aquí el primer tomo. Si eres aficionado a Elvys, es imprescindible.
Estas páginas seleccionadas sobre su primer proyecto cinematográfico pueden darte una idea....
1956.htm
NOTA DEL AUTOR
Biografía significa en principio "relato sobre la vida de una persona", pero el término representa para mí otra cosa: una especie de persecución, un seguimiento del rastro físico dejado por un individuo, una búsqueda de sus huellas personales. Nunca vas a encontrarlas, al menos no del todo, mas con un poco de suerte uno se las arregla para escribir sobre la búsqueda de esa figura elusiva de modo que su estampa llegue a cobrar vida en el presente. RICHARD HOLMES, Footsteps: Adventures of a Romantic Biographer La primera vez que escribí sobre Elvis Presley fue en 1967. Lo hice porque me gustaba muchísimo su música y tenía la sensación de que había sido ridiculizada y desdeñada de una forma injusta. No escribí sobre sus películas, su imagen pública o su popularidad. Escribí sobre una persona a la que tenía por un gran cantante de blues suponiendo, por otro lado, que él se veía del mismo modo (hoy acaso matizaría la idea y me referiría a él como un gran cantante "de corazón" en el sentido de que cantaba aquello que le llegaba a lo más hondo -blues, góspel e incluso temas que pueden parecernos absurdamente sentimentales- sin limitaciones o artificios). Yo tampoco me puse limitaciones, de modo que envié a Elvis una copia de mi texto a su dirección de Memphis (3764 Highway 51 South, más tarde Elvis Presley Boulevard), y a guisa de respuesta recibí una tarjeta de felicitación navideña.
Escribí varias veces más sobre él a lo largo de los años esforzándome siempre por rescatarlo tanto de sus detractores como de sus admiradores.
Lo que escribía reflejaba la pasión con que escuchaba su música,
investigaba su vida o entrevistaba a quienes lo conocían. También reflejaba el tipo de especulación que de forma inevitable aplicamos a los objetos o individuos a los que admiramos desde lejos. Si bien no abjuro de todo cuanto entonces escribí, sí que me parece oportuno corregir buena parte del planteamiento que entonces utilicé. Por lo demás, no sé si llegué a tener en cuenta quién era el verdadero Elvis hasta que un día de 1983 recorrí en automóvil la avenida McLemore, en el sur de Memphis, acompañado por de Rose Clayton, una buena amiga nacida en la ciudad. Pasado el antiguo estudio de la discográfica Stax, Rose me señaló un drugstore donde había trabajado el primo de Elvis. Según añadió, Elvis tenía por costumbre pasar horas enteras en el local sentado ante la barra, tamborileando con los dedos sobre la encimera. "Pobre chico", dijo Rose, y en ese momento algo se disparó en mi mente. Ése no era "Elvis Presley", sino un muchacho sentado ante el mostrador de un drugstore situado en sur de Memphis, una persona de carne y hueso que podía ser observada perdida en sus ensoñaciones, escuchando la música de la jukebox o tomándose un batido a la espera de que su primo saliera del trabajo: "pobre chico". No me puse a escribir el libro hasta varios años después, pero ésa fue la imagen en que se sustentó. Cuando finalmente me decidí a escribirlo, sólo tenía un simple objetivo (al principio me parecía simple): narrar la historia en tiempo "real", de forma que los personajes pudieran respirar con libertad, a fin de evitar los juicios de valor sobre cuestiones de otra época y hasta los avisos de precaución que inevitablemente se dan al escribir en retrospectiva. Tal era mi propósito, tanto porque quería ser fiel a mis "personajes" (figuras de la vida real a las que había llegado a conocer y apreciar a lo largo de mis viajes e indagaciones) como porque aspiraba a plasmar las dimensiones de un mundo, el mundo en el que Elvis Presley había crecido, el mundo en que se había formado y que él a su vez había conformado sin proponérselo, con toda la simplicidad y la belleza propias de la vida cotidiana.
El descubrimiento de la realidad de ese mundo vino a ser como aventurarse por la esquina de mi propia esfera vital. El historiador británico Richard Holmes describe al biógrafo como "una especie de vagabundo que no cesa de llamar con los nudillos al cristal de la ventana de la cocina con la secreta esperanza de que un día lo inviten a cenar". Holmes seguramente alude metafóricamente al intento de penetrar en los entresijos de la historia, pero muy bien podría estar describiendo un hecho real.
Si no hubiera sido capaz de reconocer mi condición de entrometido, si
no hubiese podido reírme de los cómicos contratiempos con los que tantas veces me he enfrentado a lo largo de los años, habría sido evidente que carecía de la humildad necesaria para llevar a cabo semejante labor. Pero, a la vez, si no hubiera sido lo bastante vanidoso, si no hubiese creído posible encontrarle un sentido a la amalgama de datos dispersos que forman una vida, si no me creyera más o menos capaz de embarcarme en las más diversas exploraciones o divagaciones, jamás me habría aventurado a referir una historia como ésta. "El momento en que uno empieza a investigar la verdad de los hechos más simples tenidos como ciertos -escribió Leonard Woolf en su autobiografía- equivale a pasar del suelo firme a un terreno pantanoso o a una zona de arenas movedizas, y cada paso supone adentrarse en la marisma de la incertidumbre." Y es precisamente esa incertidumbre lo que ha de ser considerado tanto un condicionante inevitable como el único punto seguro de partida.
Para escribir este libro tuve que entrevistar a centenares de testigos. La mayor alegría (y también la mayor fuente de distracción) fue descubrir diversos mundos inscritos en un mismo universo: el mundo de los cuartetos vocales, el espíritu innovador que dominaba la radio de la posguerra, los muchos mundillos de Memphis (que yo en un principio creía conocer al dedillo), el mundo de las ferias del que surgió el coronel Thomas A. Parker (donde los personajes se inventan y todo se promociona), los sueños un tanto pedestres de una industria musical que todavía no había acabado de definirse y los sueños más ambiciosos de unos músicos que aún no habían explorado su propio estilo. He intentado dibujar a grandes trazos estos mundos, así como los hombres y las mujeres que los habitaron, esforzándome en respetar lo intrincado, complejo y único de su estructura, pero, por supuesto, uno tan sólo puede sugerir posibilidades. En relación con el protagonista central, también he hecho lo posible por transmitir su naturaleza compleja e irreductible. Yo diría que su historia es heroica, y hasta trágica al final, pero -como siempre sucede con nuestras vidas y nuestros personajes- no es de una pieza ni se presta a una interpretación unívoca ni se puede componer como un todo homogéneo a partir de los distintos fragmentos. Con estas palabras no pretendo dar a entender que la tarea fuese imposible, sino que simplemente rindo tributo a la específica heterogeneidad de toda experiencia humana.
Yo quería referir una historia auténtica. Quería liberar a Elvis Presley
de las ingratas servidumbres del mito, de la opresiva tiranía retrospectiva
de su importancia como figura cultural. Supongo que mi posible éxito
en dicha labor tan sólo habrá servido para establecer nuevas etiquetas y tiranías retrospectivas. Supongo que, como todo biógrafo, me he obsesionado con momentos imaginados una y mil veces, con la manera como discurrieron las cosas, sin perder nunca la dolorosa conciencia de estar manejando una perspectiva limitada, de estar usando la equívoca lente de la historia. He intentado acoplar testimonios discrepantes y me he sumergido en el tipo de diálogo con mi protagonista que Richard Holmes describe como "una relación de confianza" entre el biógrafo y biografiado. Según señala Holmes, uno trata de llegar a esa confianza de forma implícita, pero siempre existe la posibilidad de tomarse demasiadas libertades al respecto: "La posibilidad de cometer errores -subraya- es constante en toda biografía".
Por eso mismo quiero apuntar que esta obra, como cualquier otra, es un principio y no un final, una invitación a indagar, no una recopilación de certidumbres. Buena parte de lo que termina convertido en narración, trátese de un relato formal o de una simple anécdota contada durante una comida, se basa en compendios verbales, suposiciones metafóricas, interpretaciones de los hechos descritos. Hay que dejarlo claro: los hechos pueden cambiar, y la nueva visión puede alterar en cualquier momento la primera interpretación. Ésta es mi historia de Elvis Presley, no la historia de Elvis Presley: no existe tal cosa; la misma autobiografía -y acaso sobre todo la autobiografía- sólo es una versión de los hechos, una selección de detalles, un intento de darle sentido a los diversos y arbitrarios episodios de la vida cotidiana. En último término, nada tendría que sorprendernos en relación con la existencia humana, pues humano es todo cuanto le ocurre a un hombre. Yo diría que he tenido éxito si al final he logrado proporcionar al lector las herramientas precisas para crear su propio retrato del joven Elvis Presley, si le he dado la oportunidad de reinventar y reinterpretar, dentro del amplio contexto de un período y un lugar precisos, la juventud de una incomparable figura estadounidense.
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Los días pasaban sin demasiados acontecimientos ni nada que los distinguiera. El verano en Memphis era caluroso, pero eso apenas afectaba a Elvis, que rara vez se aventuraba a salir de su habitación con aire acondicionado. Aquel año no hubo fuegos artificiales el Cuatro de Julio, y los chicos le dijeron que Ginger había salido a bailar para celebrar las fiestas después de haberse marchado de Graceland con la excusa de volver a casa. Elvis seguía frustrado y enfadado con Ginger por su poca predisposición a comprometerse con la relación. ¿Acaso no comprendía que la necesitaba?, preguntaba lastimosamente al doctor Nick y a su primo Billy cuando estaba triste. Pero, cada vez era más tolerante con lo que consideraba las necesidades naturales de una chica joven, y siguió inundándola de regalos (joyas, ropa, un pequeño Triumph deportivo), e incluso llegó a decirle que le compraría a su familia una casa en Whitehaven para que así pudiera estar más cerca de él, y, cuando no pudieron encontrar un lugar adecuado, prometió pagar la hipoteca de la casa que tenían entonces y adelantar dinero para construir una piscina. Era indudable que tanto la Sra. Alden como sus hijas le estaban muy agradecidas (parecían verlo como una especie de hermano mayor que de pronto se hubiera hecho rico), pero él no estaba seguro de que aquello le acercara a Ginger, que seguía negándose rotundamente a trasladarse a Graceland para vivir. En una ocasión, le dijo a Charlie que era como si estuviera viviendo la letra de aquella antigua canción, como si su relación con Ginger fuera cada vez más un "amor a una sola banda".
Aparte de Charlie, Billy, Jo Smith y el doctor Nick, no veía a casi nadie. Intentó poner celosa a Ginger con otras chicas, pero no tenía ni la energía ni el interés suficientes. De vez en cuando, George Klein o algún que otro amigo de los viejos tiempos iba a visitarlo, pero, por lo ge neral, Elvis se limitaba a observarlos a través de las cámaras de vigilancia y enviaba a alguien para decirles que estaba ocupado, y que, por favor, pasaran más tarde. No trabó amistad con ninguno de los nuevos chicos. Sam Thompson y Dick Grob hacían un trabajo correcto y profesional en el área de seguridad, Al Strada ya llevaba tiempo trabajando y era un buen ayuda de cámara, pero Elvis no tenía a nadie con quien hablar, y cada vez desconfiaba más de sus hermanastros, Ricky y David Stanley, que se encargaban de la mayor parte de sus asuntos cotidianos. Había hecho lo posible por educarlos, impartirles su propia experiencia, pero Ricky se pasaba la mayor parte del tiempo colocado, y sospechaba que David tenía más en común con Ginger que él mismo, pues siempre iban juntos a todas partes, mientras David le cubría las espaldas y se ponía de su parte. En realidad, no sabía en quién confiar, de modo que se retiraba a su habitación y a sus libros, siempre dependiente de la medicación que necesitaba para mitigar un dolor que nunca desaparecía.
"Lo único que hacíamos -recordaba Billy- era sentarnos en la habitación a hablar." A veces, la conversación consistía en recordar algunas de las locuras que habían hecho en los viejos tiempos, otras, no era más que la repetición de un viejo diálogo de Monty Python, pero, en general, imperaba una obsesión siniestra, algo que Billy nunca había experimentado antes, una paranoia sobre personas, microbios, motivaciones pasadas y acontecimientos futuros que hizo que Billy se acordara en más de una ocasión de Howard Hughes. El libro de Red y Sonny era uno de sus temas recurrentes. A veces le comentaba a Billy que haría que los mataran. "Una vez, le dije: "Mira, no vale la pena. Además, eso no cambiaría nada. No cambiaría lo que sientes por ellos. Sabes que en tu interior los quieres mucho, y eso es lo que más te molesta". Y se echó a llorar. No fueron sólo unas lágrimas. Estaba sollozando. Y yo lloré con él porque no soportaba verlo sufrir así… Y entonces dijo: "¡Que les den!… Si hacen daño a mi carrera, haré que los maten"."
La noche era lo peor; le aterrorizaba dormir, pero también le aterrorizaba que el sueño no llegara nunca. Soñaba lo mismo, una y otra vez, variaciones de la pesadilla que le perseguía desde que el éxito llamara inesperadamente a su puerta por primera vez. La base del sueño era siempre la misma: se había quedado sin dinero, los fans le habían abandonado, el coronel no estaba, se había quedado solo. ¿Qué pensarían sus fans cuando leyeran el libro?, le preguntaba continuamente a Billy. Empezó a elaborar discursos defensivos por si alguien le gritaba algo mientras estaba en el escenario. "Al principio se le ocurrió decir que se habían escrito muchas cosas sobre él, buenas y malas, y que no era una persona perfecta." Luego decidió que quizá lo mejor sería reconocer que era verdad, que tomaba cierta medicación, que la necesitaba, y para demostrarlo, haría subir al escenario al doctor Nick. Al final, decidió una estrategia de confesión limitada que concluiría declarando que "después de esta gira voy a tomarme un tiempo para rehabilitarme". Pero sólo, le dejó claro a Billy, si surgía el tema de un modo que no pudiera evitarlo, "si el público empezaba a abuchearme y a tirarme cosas".
El 31 de julio, Lisa llegó para quedarse un par de semanas, justo antes de que Elvis volviera a salir de gira, el 16 de agosto. Elvis dijo a todo el mundo que la gira le hacía mucha ilusión; incluso al doctor Nick le comentó que pensaba que iba a ser la mejor gira de su vida, pero, tampoco hizo nada para prepararla, raras veces hacía ejercicio, no reunió las canciones nuevas que decía que iba incorporar al repertorio, y siguió aplazando la dieta que afirmaba iba a empezar cualquier día, aunque sólo fuera para silenciar a aquellos malditos críticos que sólo sabían hablar de su peso. Alternaba ataques de depresión con momentos desafiantes: ¿Qué aspecto se suponía que debía tener un hombre de cuarenta y dos años? Le gustaría ver a algunos de esos críticos con tan buen aspecto como él cuando tuvieran su edad. Pero no paraba de mirarse al espejo.
Durante gran parte de la estancia de Lisa, Ginger llevó a la casa a la hija mayor de su hermano Mike, Amber, un año mayor que Lisa.10 A veces se las llevaba de compras, o a nadar, y las dos niñas parecían estar bien juntas. Jugaban con algunos de los niños de las caravanas. Lisa solía levantarse temprano y conducía el cochecito de golf con su nombre pintado en el lateral por el camino de entrada a la casa. Elvis le compró a Lisa un poni; de su primo Harold Loyd y decidió que quería que la abuela viera cómo montaba, así que un día, sin pensárselo dos veces, hizo entrar al poni por la puerta principal, donde, evidentemente, el animal hizo sus necesidades sobre la alfombra.
Como regalo especial para las niñas, y por deseo de Ginger, Elvis alquiló Libertyland la noche del 7 de agosto, después de la hora de cierre del parque (Libertyland ocupaba el terreno del antiguo Fairgrounds, y funcionaba como parte temático del bicentenario), tal como había hecho, noche tras noche, en los viejos tiempos. Pero, en el último momento, se echó atrás, le dijo a Ginger que se veía incapaz de ir, y cuando ella insistió en que debía hacerlo, que se lo había prometido a las chicas, Elvis le dijo que ya no había nada que hacer, que había llamado al director del parque informándole del cambio de planes, y seguramente los empleados ya se debían de haber ido a casa. "Pero, Elvis -dijo ella, armándose de valor para protestar contra aquella decisión arbitraria e injusta-, creí que me habías dicho que podías hacer cualquier cosa." Y se sintió obligado a pedir a George Klein que llamara al director para que lo volviera a organizar todo.
Se quedaron hasta las seis y media de la mañana, y las niñas, junto a sus veinte compañeras, lo pasaron de maravilla. Incluso Elvis pareció soltarse, montando en atracciones y llenando el maletero del Stutz de animales de peluche cuando ya estaba amaneciendo.
Las primeras copias de Elvis: What Happened? habían empezado a llegar a las tiendas, y Elvis seguía experimentando oleadas alternativas de rabia y vergüenza, pero intentó quitarse aquel asunto de la cabeza y prepararse para la gira, que iba a empezar en Portland (Maine) y debía terminar en Memphis, doce días más tarde. Habló con su padre y le expresó su ilusión por volver a salir después de casi dos meses de descanso, y Vernon, pálido y ojeroso por todos los problemas de salud que había tenido en los dos últimos años, con la cara arrugada y adornada ahora por un fino bigote blanco, le dijo que estaba pensando en acompañarlo, lo cual animó bastante a Elvis. Empezó una dieta líquida de proteínas recetada por el doctor Nick, a la vez que iniciaba un programa intermitente de ejercicios, jugando a frontón con Billy y montando la bicicleta estática unos minutos al día. Billy y Jo creyeron percibir una ligera mejoría en su humor. El 14 de agosto, en el decimonoveno aniversario de la muerte de su madre, hizo que llevaran flores a la tumba, exactamente igual como había hecho una vez a la semana desde que muriera. No dejó de pensar en ella, pero reunió los ánimos suficientes para salir a dar una vuelta en moto y, poco después, cuando vio que el nuevo traje que había encargado para el espectáculo le iba algo apretado, le dijo a su primo: "Billy, estoy demasiado gordo".
Se despertó aproximadamente a las cuatro de la tarde del 15 de agosto, y mandó llamar a Billy hacia las siete. Había pensado que quizá le apeteciera ver la nueva película sobre el general MacArthur, interpretada por Gregory Peck (le habían dicho que no era tan buena como Patton, pero no conocía demasiadas películas que lo fueran), y encargó a Ricky que intentara organizar un pase, pero en la sala no tenían ninguna copia disponible. Así que Billy y él miraron un rato la televisión; luego, pidió a Billy que llamara a Ginger para recordarle que tenía que acompañarle a su cita con el dentista, el doctor Hofman, a las diez y media. Aún no estaba seguro de si Ginger lo acompañaría en el vuelo de la noche siguiente, y estaba molesto por ello, pero Billy pensó que la razón principal de sus nervios era la inminencia del inicio de la gira, lo cual, en realidad, era una buena señal. Incluso hablaba de volver a Vail para enseñarle a Ginger lo hermoso que era aquello.
Billy le ayudó a ponerse el chándal negro de la DEA, y él mismo se calzó unas botas de cuero negro que no fue capaz de abrocharse porque tenía los tobillos hinchados. El doctor Nick pasó un momento para ver cómo se encontraba, y, cuando llegó Ginger, se metió un par de singles bajo el cinturón del pantalón de chándal y bajó por la escalera trasera con Ginger, Charlie y su primo. Joe Esposito, que acababa de llegar de California, estaba sentado en la cocina con algunos de los chicos, pero Billy le dijo que de momento Elvis no necesitaba nada y que ya se verían más tarde.
El doctor Hofman le hizo una limpieza dental y le empastó un par de pequeñas caries. Después, a instancias de Elvis, le hizo también una limpieza y una revisión exhaustiva a Ginger. Elvis insistió al dentista que un día tenía que ir a Graceland con su esposa para que les enseñara su Ferrari, y entonces el doctor Hofman le sugirió que quizá pudiera acompañarlo a California en el Lisa Marie para hacer una rápida visita a su hija. Los dos tenían hijas en California, dijo Elvis con una sonrisa. ¿Por qué no les daban una sorpresa y se iban a comer juntos un día después de terminada la gira? Elvis estaba de buen humor cuando el dentista se marchó; dijo que las muelas no le dolían, pero decidió tomarse unas tabletas de codeína por si alguna empezaba a darle la lata.
Eran casi las doce y media cuando volvieron a casa y Elvis subió a su habitación sin ver a nadie. Llamó a Joe para hablar de unos detalles de última hora sobre la gira, y luego le pidió a Sam Thompson que acompañara a Lisa a California en un vuelo comercial de última hora de la tarde. Después, Sam se retiró a su casa para dormir un poco, y Joe volvió a casa de Howard Johnson, donde también se había alojado Larry Geller, que esperaba la salida de la gira en cualquier momento. Larry le había dicho a Elvis que iba a darle unos libros nuevos, y no se sorprendió lo más mínimo cuando lo despertó una llamada de Al Strada diciéndole que llevara los libros enseguida a Graceland porque Elvis quería verlos. Larry no se olvidó de tomar en primer lugar el libro de Frank O. Adams, The Scientific Search for the Face of Jesus, una investigación sobre el misterio del su dario de Turín. Era un tema sobre el que Elvis y él habían hablado a menudo, y estaba convencido de que Elvis sacaría mucho provecho del libro.
Mientras tanto, Elvis y Ginger mantenían la eterna discusión del inicio de cada gira, con los mismos resultados de siempre. Elvis quería que lo acompañara aquella misma noche, y ella le decía que ya sabía que no podía porque tenía retortijones, pero que se reuniría con él antes de que se diera cuenta. Le dijo que no fuera tonto, que se hartaría de ella si pasaban todo el tiempo juntos. Elvis se fue calmando poco a poco y empezaron a hablar de los planes de boda. Él creía que el día de Navidad, o el de su cumpleaños, eran buenas fechas, e incluso podría anunciarlo durante el concierto de Memphis, que pondría fin a la gira.
Hacia las dos y cuarto, Elvis llamó al doctor Nick para decirle que una de las muelas que le había empastado el doctor Hofman le molestaba un poco y que necesitaba algún Dilaudid, de modo que Nick le recetó seis tabletas y Ricky Stanley fue a recogerlas a la farmacia de guardia del Baptist Memorial. Elvis llamó a Billy un par de horas más tarde para ver si a él y a Jo les apetecía jugar un rato a frontón. Pese a que estaban durmiendo, Billy dijo que sí, y Jo y él fueron andando hasta la casa. Había llovido toda la noche de modo intermitente, y volvió a empezar en el momento en que los cuatro se dirigían a la cancha. Billy dijo que estaba harto de tanta lluvia, que ojalá parara. "No hay problema -dijo Elvis, de buen humor-. Ya me ocupo yo." Levantó las manos, y dejó de llover. "¿Lo ves? Te lo he dicho -declaró con aquel retintín que no dejaba adivinar si hablaba en broma o en serio-. Si tienes un poco de fe, puedes parar la lluvia."
Ginger y Jo jugaron un rato antes de dejar la pista a los chicos, pero Elvis se cansó rápidamente y el partido degeneró en los intentos de Elvis por darle a Billy con la pelota. Al final, se dio un golpe en la espinilla con su propia raqueta y lo dejó. "Cómo duele", dijo, levantándose la pernera del pantalón y dejando ver un buen morado. "Si no sangra -dijo Billy, usando uno de los refranes favoritos de su primo-, no duele." Y Jo y él se echaron a reír mientras Elvis le tiraba la raqueta.
Después, Elvis se sentó al piano en la zona de relax del edificio del frontón y jugueteó con algunos temas para concluir con la elegíaca "Blue Eyes Crying in the Rain", de Willie Nelson. De regreso a casa, Billy ayudó a Elvis a lavarse y secarse el pelo, mientras éste hojeaba el libro sobre el sudario de Turín que le había traído Larry. Habló de la posibilidad de llevarse a Alicia Kerwin durante la primera parte de la gira, pero tampoco dio a Billy razón alguna para pensar que realmente fuera a hacerlo.
También le volvió a hablar del plan que había tramado para matar a Red y a Sonny, haciéndolos ir a Graceland bajo cualquier pretexto, pero tampoco parecía muy dispuesto a hacer nada al respecto. Iba a ser la mejor gira de su vida, repetía continuamente casi como un mantra, y Billy se fue poco antes de que Ricky Stanley llegara con el primero de los tres paquetes de medicamentos, o "ataques", como solían llamarlos, que el doctor Nick había dejado para que Tish se los suministrara cada noche a su paciente. Cada paquete consistía en diversas cantidades de Seconal, Placidyl, Valmid, Tuinal, Demerol y un surtido variado de otros depresivos y placebos que normalmente permitían a Elvis dormir varias horas seguidas.
Elvis aún estaba despierto un par de horas más tarde cuando Ricky le llevó el segundo "ataque", pero cuando Elvis volvió a llamarlo para que le trajera el tercero, Ricky había desaparecido, a pesar de que debía estar de servicio hasta mediodía. Tish ya se había ido a trabajar, de modo que Elvis le pidió a su tía Delta que llamara a la consulta del doctor Nick, y después de hablar con el doctor, Tish le dio instrucciones a su marido para que llevara a Delta el tercer paquete, compuesto por dos Valmids y un placebo de Placidyl. Cuando llegó con la medicación, Elvis le dijo a su tía que se levantaría sobre las siete de la tarde. Poco después, le dijo a Ginger que se iba a leer al cuarto de baño.
Ginger se despertó hacia la una y media, volvió a dormir unos minutos y luego llamó a su madre. "¿Cómo está Elvis?", le preguntó ésta, y Ginger le dijo que no lo sabía, que no había vuelto a la cama, y que quizá debería ir a ver cómo se encontraba. Se lavó y se maquilló en su cuarto de baño, y luego llamó a la puerta del cuarto de baño de Elvis. Al no obtener respuesta, empujó la puerta y lo encontró tumbado en el suelo, con los pantalones de pijama dorados bajados hasta los tobillos y el rostro enterrado en un charco de vómito sobre la mullida moqueta. Aturdida, llamó al piso de abajo, pidió hablar con alguien que estuviera de servicio y la sirvienta la puso con Al Strada. Creía que algo iba mal, le dijo. Sería mejor que subiera inmediatamente.
Al estaba inclinado de rodillas sobre Elvis cuando Joe llegó subiendo a saltos la escalera, y entre los dos consiguieron dar la vuelta al cuerpo. Joe intentó insuflarle algo de vida. Por un momento, pareció que el tiempo quedaba en suspenso, pero luego, todo empezó a suceder a la vez y el dormitorio se llenó rápidamente de gente. Vernon llegó agarrado al brazo de Patsy Presley con una máscara de horror en el rostro y empezó a gritar: "Dios mío, hijo mío, no te vayas, por favor, no te mueras". Joe intenta ba reanimar desesperadamente a Elvis, pero ni a él ni a nadie le cabía la menor duda de que Elvis ya no estaba; tenía la cara hinchada y morada, la lengua había perdido el color y le colgaba por la boca, los ojos estaban inyectados en sangre. Lisa llegó en aquel momento. "¿Qué le pasa a mi papá?", preguntó, mientras Ginger cerraba la puerta del cuarto de baño. "Le ha pasado algo a mi papá, y voy a averiguarlo", declaró desafiante la pequeña. Alguien fue rápidamente a cerrar la otra puerta del baño mientras Lisa daba la vuelta corriendo para intentar entrar.
Todo el mundo gritaba cuando una ambulancia del cuartel n.º 29 de Whitehaven, a pocos minutos de Graceland, llegó con dos enfermeros. Aquello parecía una matanza -según describieron la escena posteriormente los enfermeros-, con doce personas rodeando el cuerpo casi irreconocible e intentando ayudar. ¿No podían hacer algo? Un hombre con gafas oscuras y montura dorada de diseño, con una sudadera de fútbol que llevaba el lema "Hawaii '75" escrito, y que, según supieron más tarde, se trataba de Al Strada, dijo que creía que Elvis había sufrido una sobredosis, lo mismo que les habían dicho en la puerta antes de que supieran quién era la víctima.
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EFE Actualizado 17-05-2008 10:23 CET
Madrid.- El camino de destrucción que atravesó Elvis Presley en la segunda parte de su vida ha sido minuciosamente narrado por Peter Guralnick en la biografía "Amores que matan", un relato sobre "la celebridad y sus consecuencias" que se publica ahora en español.
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(EFE)En la imagen, retrato de Elvis Presley.
El libro, editado por "Global rhythm" con el expresivo antetítulo de "Elvis, la destrucción del hombre", es la continuación de "Último tren a Memphis", que contaba la ascensión al trono del rey del rock. Los dos volúmenes componen la más extensa biografía escrita sobre uno de los mayores mitos de la cultura del siglo XX.
En esta segunda entrega biográfica, Guralnick escribe sobre un hombre de entre 23 y 42 años, después de haber entrevistado a cientos de personas.
El relato comienza en octubre de 1958, cuando Elvis llega a Alemania para cumplir el servicio militar, y termina con la muerte del cantante, ocurrida en esperpénticas circunstancias en agosto de 1977.
Son más de ochocientas páginas que muestran "la historia del inexorable declive" de Elvis. "Se trata, creo, de una tragedia", afirma el biógrafo en la introducción del libro, en la que deja clara su renuncia a impartir "un juicio moral retrospectivo".
Elvis "construyó un caparazón donde alojar su soledad, y el caparazón se fue endureciendo a sus espaldas. No conozco historia más triste", asegura Guralnik, quien sostiene que la segunda parte de la vida del rey del rock "tiene que ver con el precio que uno paga por sus sueños".
"Amores que matan" reconstruye con minuciosidad el día a día de Elvis, quien en todo momento aparece rodeado de una camarilla de amigos y familiares, y cuya carrera es tutelada por su eterno representante, el coronel Parker, un tipo con nula sensibilidad artística, pero con un gran olfato para los negocios.
Fue Parker quien introdujo a Elvis en la dinámica de rodar una película tras otra -banda sonora incluida- que dominó la actividad artística del cantante en los años que siguieron a su regreso del servicio militar, en 1960.
Guralnik muestra además las peculiares relaciones sexuales que mantenía el joven Presley con las mujeres, con quienes evitaba ir más allá de los preliminares, pese a las súplicas de algunas de ellas, como Priscilia, su futura esposa, a quien conoció en Alemania cuando era una adolescente.
El libro demuestra que Elvis daba lo mejor de sí mismo en los estudios de grabación. Aquellas sesiones nocturnas lograban sacarle de un tedio existencial que trató de combatir con una búsqueda espiritual a la que se lanzó con su peluquero -Larry- como guía.
Ambos protagonizan un delirante episodio en el desierto, donde Elvis creyó ver en el cielo el rostro de Stalin formado por unas nubes que cambiaron súbitamente de posición para componer -aseguraba el cantante- la cara de Dios.
Cuando los Beatles visitaron a su ídolo el 27 de agosto de 1964 encontraron a un aburrido millonario recluido en su fastuosa mansión.
En sus últimos años, Elvis trató de superar sus angustias, su sobrepeso y su adicción a los medicamentos para cumplir con sus fans, a los que quería a toda costa no defraudar.
Sus conciertos aún tuvieron algún chispazo. Como cuando en Rapid City se quedó solo en el escenario para interpretar al piano "Unchain melody": "Elvis parece un criatura salida de una película de monstruos de Hollywood, y, aún así, lo acompañamos hasta el final de su lucha por alcanzar la perfección", escribe Guralnick.
Elvis falleció en el cuarto de baño de su mansión. Los análisis detectaron catorce medicamentos en el organismo del cantante, que "era más que probable que hubiera muerto mientras 'hacía fuerza en el retrete'".

