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La Coctelera

rafarodrigotaita

13 Julio 2008

Bette Davis II Parte

Pese a ser un hombre guapo e inmensamente rico, Hughes era muy patoso con las mujeres. Apocado y tímido, le costaba tanto tratar con ellas que hasta padecía impotencia eyaculatoria. Igual que un oso grande, suscita­ba su instinto maternal. Con él, Bette fue dulce y amable y, aun­que él no fue fan cariñoso como con la Hepburn, su relación con Bette fue la que le ayudó a curar su impotencia. Por su parte, Bet­te logró eliminar la ansiedad que llevaba encima desde hacia tiem­po.

Pero Ham Nelson apareció en escena para complicar nueva­mente las cosas. .Loco de celos, contrató a un famoso detective y llenó su casa de micrófonos para sorprender a los amantes. Una noche, sufrió la tremenda humi­llación de oírles juntos. Incapaz de aguantar, penetró en la casa y se precipitó en el dormitorio. Hughes intentó pegarle, pero fa­lló. Entonces, Ham le hizo chan­taje y amenazó con publicar las cintas si Hughes no le daba 70.000 dólares.

Muerto de miedo de que su impotencia se hiciera pública, Hughes contrató a un gangster para matar a Ham, pero éste se había cubierto las espaldas y ha­bía avisado a la policía de que si moría, la culpa sería suya. El mi­llonario no tuvo más remedio que pagar. En un gesto de gran decencia, Bette volvió a pedir otro adelanto y pagó hasta el úl­timo centavo a su amante. Este nunca olvidó el gesto y a partir de entonces cada año de su vida le mandó a Bette una flor el día del aniversario de aquel pago.

«Jezabel» la convirtió en estrella absoluta

La soberbia dirección de Wyler hizo que Bette diera lo mejor de sí misma en «Jezabel». La película la convirtió en una estrella a la altura de la Garbo o la Hepburn y, además, le reportó el segundo Oscar de su carrera. Esta vez, Bette sí estuvo de acuerdo con la película por la cual obtenía la estatuilla.

Después, Bette rodaría “Las hermanas”, junto a Errol Flynn, un actor al que detestaba. Flynn le hizo una proposición amorosa, pese a que Bette pensaba decididamente que no era su tipo. Ella lo rechazó vehementemente. La actriz prefería a Anatole Litvak, el director del filme, un hombre culto y encantador que estaba casado con Miriam Hopkins. La vieja enemiga de Bette la odiaba más que nunca por haberle arrebatado el papel que ella creía suyo en “Jezabel”. Miriam acusó a Bette y a su marido de mantener un romance. Aunque ambos tendrían efectivamente una corta relación, esto no sería hasta varios meses después, por lo que la acusación resultaba ser absolutamente falsa. Cuando Bette y Litvak lo intentaron, la cosa no funcionó porque él era un hombre amante del lujo y las diversiones y ella una mujer sacrificada y austera, con demasiados problemas domésticos. Además, Bette siempre estuvo más interesada en el cine que en cualquier otra cosa.

Una carta cambiaría su vida

Bette estaba interesadísima en interpretar “Amarga victoria”, un drama sobre una mujer moribunda en el que había fracasado la mismísima Talulah Bankhed. Los derechos pertenecían a David O. Selznick, que quería a Hepburn o a Garbo para el papel. La Warner pensó en los derechos tratando de ofrecerle el filme a Kay Francis, pero ella lo rechazó por no querer interpretar a una moribunda. Después de tantas vicisitudes, el papel fue a parar a manos de Bette, quien intentó conseguir a Spencer Tracy para el papel masculino. Warner no se fiaba del actor a causa de sus problemas con el alcohol y contrató a Geroge Brent y Humphrey Bogart, lo que resultó ser un acierto al final. Bette convirtió aquel papel que no había querido Kay Francis en uno de sus mejores filmes.

La relación de Bette con Wyler estaba marcada por sus enfrentamientos constantes. Ambos se amaban con locura, pero sus fuertes personalidades les hacían chocar una y otra vez. Wyler mantenía relaciones con una bella joven llamada Margaret Tallichet. Una noche, al regresar Bette a casa después del rodaje, encontró una carta del director. Enfadada, no quiso ni abrirla y fue aplazando su lectura hasta pasada una semana. Fue un error que la marcaría para siempre. En la carta, Wyler le comunicaba que, a menos que ella accediera a casarse con él inmediatamente, él lo haría con Margaret el próximo miércoles. Aquel día era justamente miércoles. Bette se echó a llorar desconsoladamente. Sabía que había dejado pasar el amor de su vida. Durante varios días fue incapaz de presentarse en el rodaje, enfureciendo a los miembros del equipo. Cuiriosamente, la próxima película que Bette haría bajo las órdenes de Wyler se llamaría precisamente “La carta”.

Cuando pudo reanudar su trabajo, el trauma sufrido con Wyler le sirvió a Bette para realizar otra interpretación soberbia. A la vez, Bette inició una relación con George Brent que duraría más de un año y que ella utilizaría para superar esa época. Pese a todo, también tendría problemas con Brent, pues a él le irritaban el mal humor y la tacañería de Bette.

“Amarga victoria” la consolidó como una número 1, aunque Bette siguió siendo una de las estrellas epor pagadas de Hollywood.

Tras “Amarga victoria”, Bette rodaría “Juárez” y “La solterona”. En la primera tenía un papel corto pero intenso, aunque finalmente la película se la robaría Paul Muni, por entonces una de las grandes estrellas de la Warner. Mientras rodaba aquel filme, Bette se divorciaría de Ham Nelson el 6 de diciembre de 1938.

“La solterona”, por su parte, la enfrentaría a su gran enemiga, Miriam Hopkins. Las dos se odiaban y la Hopkins, amante del juego sucio, se encargó de dificultar el trabajo de Bette, dejándola sola en las escenas importantes y desarrollando una interpretación suave, encaminada a conseguir las simpatías del público. Es un filme en el que se puede notar la profunda antipatía de las dos actrices.

Bette y Errol

Ninguna de las dos películas resultó un éxito. Tras ellas, Bette pudo conseguir un viejo sueño, dar vida a la reina Elizabeth de Inglaterra en el filme “Las vidas privadas de Elizabeth y Essex”. Lo malo fue que como compañero, Jack Warner le puso a Errol Flynn cuando ella deseaba a un gran actor como Laurence Olivier. Flynn no era en realidad un buen actor. Lo dejaba todo a su físico y su desparpajo y estaba más interesado en divertirse que en esforzarse por el trabajo. Mientras Bette leía libros, elegía vestidos y acordaba un maquillaje que le afearía profundamente pero que estaría acorde con el físico real de la reina, Flynn jugueteaba con sus barcos y sus mujeres.

Durante el rodaje, plagado, como no, de problemas de salud de Bette, ella y Flynn llegarían a detestarse profundamente. El actor bostezaba cuando no le enfocaba la cámara, se olvidaba del guión y le pellizcaba el trasero a la menor ocasión, y cuando Bette estallaba de cólera, él todavía se reía con más fuerza.

Las causa de todos estos inconvenientes, el filme no es uno de los mejores de la carrera de Bette. Después, la actriz conseguiría unas largas vacaciones de casi medio año. Viajó a Nueva Inglaterra y allí conoció a Arthur Farnsworth, un ingeniero aeronáutico alto y guapo, de buena familia y que vestía pesadas prendas de cuero y pantalones de algodón. Farnsworth había sufrido un accidente del que no hablaba nunca y que le había provocado un síndrome parecido a la epilepsia. A Bette le encantaba, pero tenía el problema de siempre, no estaba a su altura.

Pese a todo, “Farney” cautivó a su familia y amigos y ambos iniciaron una relación favorecida por las vacaciones de la actriz y su consecuente relajamiento. Fue también durante esos meses de relajo cuando Bette compraría sus dos casas: Butternut, una vieja vivienda en New Hampshire que reconstruyó con ayuda de seis carpinteros de los estudios, a quienes llevó desde Hollywood a escondidas, y Riverbotton, una bonita mansión en Los Angeles rodeada de campo y con un río. Ambas casas se convertirían en sus refugios durante los siguientes y difíciles años.

Capítulo 6

Segunda boda con Arthur Farnswort

Para regresar a Hollywood después de sus prolongadas vacaciones, la Warner le dio a Bette «El cielo y tú», un drama en el que traba­jaba también Charles Boyer. No se trataba de una gran pe­lícula, pero tanto Bette como el actor ofrecieron unas grandes interpretaciones que contribu­yen a hacerla interesante. Tras este filme, Bette gozaría de unas vacaciones en Hawai y su nombre se relacionaría senti­mentalmente con el de Bob Ta­plinger, un joven publicista de la Wamer. En todo caso, esta relación no duraría demasiado, pues Bette seguía teniendo muy presente a Arthur Farnsworth.

«La carta»

En 1940, a Bette le ofrecie­ron un papel fantástico en el filme «La carta», que tenía que dirigir su antiguo amante, William Wyler. Se tra­taba de la esposa del propieta­rio de una plantación en Mala­sia que mataba a su amante y obligaba a su abogado a mentir al jurado para salvarse de la horca. Era un tema atrevido para la época -una protago­nista que era una asesina y que ni tan solo intentaba hacerse simpática a los ojos del públi­co- y pocas actrices se hubie­ran atrevido a interpretado, pero Bette se lanzó al proyecto con todo su entusiasmo.

«La carta» fue un filme grandioso por muchos motivos. Wyler conocía perfectamente a Bette y le arrancó una interpre­tación memorable a base de in­troducir pequeños detalles, como el de que la protagonista se pasase la película haciendo ganchillo (a Bette le encantaba en la vida real y en el filme le daba un aire de tranquilidad que de otra manera se hubiese conseguido difícilmente). La guerra alejaba a Bette de Farney, aho­ra comprometido en importan­tes investigaciones aeronáuti­cas. Pese a todo, ambos planea­ban casarse hacia Año Nuevo e iban arreglando poco a poco la casa en la que pensaban vivir.

A «La carta» le seguiría «La gran mentira», un folletín sin interés cuyo único aliciente para Bette fue el de hacer po­sible su amistad con Mary Astor. La inolvidable protagonista de «El halcón maltés» fue apa­drinada por Bette para que pu­diera interpretar el filme.

Bette y Farney se casaron el 31 de diciembre de 1940 en la casa que su amiga Jane Bryan tenía en Arizona. La actriz supo guardar astutamente la fe­cha de su boda y la ceremonia tuvo muy poca publicidad. Robert Pelgram, el marido de una recuperada Bobby, fue su padrino de bodas.

Tanto para ella como para su esposo se trataba del segundo matrimonio. Fue un acto deli­cioso y la única pega la encon­traron en el poco tiempo que Bette tuvo para la luna de miel. La Warner la llamó urgente­mente para empezar otra película, una comedia intrascendente con James Cagney titulada «The Bride came C.O.D.».

Otra vez Wyler

William Wyler había estado asediando a Bette para que rodara junto a él «La loba», violenta historia de codicia y cruel­dad ambientada en el sur de Estados Unidos. Wyler creía que su antiguo amor era la única que podía dar vida a la pérfida Regina Giddens, una bella dama sureña corrompida por la ambición y la frustración que acaba convirtiéndose en un monstruo al que sólo importa el dinero.

Tallulah Bankhead había in­terpretado con gran éxito la obra en los escenarios y Bette afrontó el reto del papel con la idea de darle un cariz comple­tamente distinto. Si la Bankhead le había dado un aire de sensualidad, ella convirtió a Regina en una persona a quien el trato machista al que había sido sometida la había conver­tido en frígida. Esto le traería muchos problemas con Wyler, quien veía el personaje desde una óptica completamente dis­tinta.

Poco antes de empezar el filme, Jack Warner se negó a ce­der a Bette a la Metro. Se pen­só en la misma Talullah o en Miriam Hopkins, pero enton­ces el destino echó una mano y Warner se avino a hacer el tra­to a cambio de que la Metro le cediera a Gary Cooper para «El sargento York».

El de «La loba» fue un roda­je extraordinariamente tenso. Farney seguía en Minneápolis, atareado con sus investigacio­nes, y Bette se sentía muy sola. Hubiese necesitado el calor de Wyler, pero esto no era ya posible, pues Bette se había hecho muy amiga de Margaret, la es­posa del director. Además, las diferencias entre ambos por su manera diferente de ver la pe­lícula pronto desembocaron en continuas y violentas discusiones. Wyler la quería femenina y sensual y Betty se obstinaba en que si salía bella, el público difícilmente creería que no había ningún hombre en la vida de Regina.

En medio de este panorama, tuvo lugar otro de esos estúpidos accidentes que jalonaron la vida de Bette. Una noche, la actriz ingirió un calmante que le había recetado el médico. Sin embargo, la farmacia que se lo había preparado incurrió en un lamentable error y Bette fue presa de terribles convulsiones. ,

Su doncella la llevó precipitadamente al hospital, donde un rápido lavado de estómago le salvó la vida casi de milagro.

Este episodio la desequilibró y al regresar al filme, las peleas crecieron de tono. Después de rodar la escena de la cena, Wyller profirió el comentario más cruel que podía haber he­cho. El director dijo que aque­lla era la peor escena que ha­bía visto jamás y se preguntó si no sería mejor que «contratáramos a Talullah Bankhead». Bette salió del plató con los ojos llenos de lágrimas.

Sorprendentemente, la película resultó soberbia una vez terminada. La interpretación de Bette ha demostrado ser la correcta con el paso del tiempo. «La loba» es una historia simbólica sobre la ambición de la burguesía americana y sobre cómo el deseo de hacer dinero puede imponerse al deseo sexual. Sin duda, ha sido una obra que ha ganado con el paso de los años. Pese a su calidad, las discusiones que ocasionó entre Bette y Wyler les separa­ron para siempre. Nunca vol­vieron a rodar una película juntos.

Al terminar «La loba», Bette se vio afectada por una terrible crisis nerviosa que la obligó a guardar cama varias semanas. Posteriormente, en otro de sus estúpidos accidentes, un perro le mordió la nariz y eso la obligó a ocultarse del público en su granja de Massachusetts durante casi un mes. Esta ristra de desgracias se completó cuando Bette, en pleno rodaje de su nuevo filme, fue informada de que Farney estaba internado en un hospital de Minneápolis aquejado de una grave pulmo­nía.

La actriz se puso histérica y quiso viajar inmediatamente hasta donde estaba su marido. Era tiempo de guerra y los viajes por avión se habían convertido en un lujo casi imposible. Bette recurrió a Howard Hughes y le pidió que le consiguiera un avión. Su antiguo amante le aconsejó no viajar a causa del mal éstado del tiempo, pero ante la insistencia de Bette le consigüió dos aviones privados.

Después de un viaje infernal de casi 2.000 millas, Bette pudo llegar, agotada y al borde de la crisis, al lado de Farney. Estuvo en el hospital hasta que él mejoró, pese a que Jack Warner le reclamaba, a diario que volviera a los platós.

También en esos días, Bette fue nombrada presidenta de la Academia de Artes y Ciencias. Su talento no concordaba con el de la directiva de la entidad que otorga los codicicados Oscar. Bette fue presidenta sólo durante unas pocas semanas, pero en ese tiempo contribuyó decisivamente a que se revoca­ra la decisión, ya tomada, de dejar de celebrar la ceremonia de los Oscars durante los años que durara la guerra. En esos momentos, el filme que Bette rodó fue «Como ella sola.

Después de él; Bette quería interpretar “La extraña pasajera”, las historia de una joven fea y cominada por su madre a quien su psiquiatra hace cambiar de vida. Era un papel que Jack Warner se resistía a darle por dos motivos: seguía enfada­do por el mal trabajo de Bette en su último filme y, además, no se fiaba de que la estrella fuera capaz de pasar de ser un patito feo a un cisne. Dirigida por Irving Rapper, un, hábil artesano, «La. extraña pasajera» se convirtió en un pequeño clásico, amén de ser la película de mayor éxito comercial en la carrera de Bette. Gracias al filme, miles de jovencitas feas se permitieron soñar que para ellas también había luna espe­ranza. A regañadientes, Warner le subió el sueldo a Bette hasta los 4.000 dólares semanales.

Este sería, sin lugar va dudas, el mejor momento de la vida de la actriz. En el, verano de 1942, Bette tenía 34 años, es­taba felizmente casada y su carrera, tras el éxito de «La ex­traña pasajera», se veía firme como una roca. Su salud había mejorado también notablemente y su carácter se había atemperado. Desgraciadamente, aquella época estaba condenada a desaparecer rá­pidamente.

Capítulo 7

Bette enviuda inesperadamente

“Vieja amistad” era un proyecto persomal que Hal Wallis arrastraba desde 1940. El directivo de la Warner se había enamorado de aquella comedia amarga de John van Drutten, que narraba la rela­ción a lo largo de los años de dos mujeres, amigas en el fondo, pero de signos muy distintos. Una de carácter dulce y la otra una auténtica «golfa».

Ultimar el guión de «Vieja amistad» y disponer de las dos actrices, necesarias se reveló como un trabajo de titanes. La historia era endeble y hubo que trabar mucho para darle cuer­po. Rosalind Russell estaba inte­resada en el papel de la amiga «buena», pero finalmente tuvo que rehusar a causa de otros compromisos. Ni los 150.000 dó­lares que le ofreció Jack Wamer fueron suficientes. El papel fue ofrecido a Irene Dunne, pero la actriz acabó rechazándolo. De esta forma, como otras tantas ve­ces, la película llegó, a la mesita de noche de Bette Davis, quien se mostró muy interesada en el proyecto, haciendo cualquiera de los dos papeles.

Pero el papel de “mala” tenía una candidata inmejorable. Cuando a Jack Waner le propu­sieron a Miriam Hopkins, el pro­ductor exclamó: «¡Sí, ésa es una auténtica zorra!» Medio Holly­wood estaba peleado con Mi­riam, pero había que reconocer que era perfecta para el papel. Warner llegó apagarle más que a la propia Bette, aunque cuan­do llegó a Hollywood nadie fuera a recibirla y debiera pasar lar­gos días sola en la suite de su hotel.

El británico Edmund Goul­ding había mostrado muchísimo interés en el filme. Trabajó in­cansablemel1te en el guión, pero esto le agotó tanto que acabó te­niendo un ataque al corazón. Le­jos de esperarle (así de cruel es el mundo del cine), la Warner contrató a Vincent Sherman.

Bette afrontó «Vieja amistad» con recelo. Odiaba a Miriam y desconocía a Sherman. Sin em­bargo, cuando visionó unas to­mas del filme efectuadas con su rival le gustaron tanto que se puso a las órdenes del director sin mayor problema.

Previsiblemente, el rodaje fue una batalla entre dos viejas ene­migas. Desde el primer día, Mi­riam se dedicó a boicotear la ac­tuación de Bette. Se mostraba dispersa en las escenas importan­tes y nunca prestaba a su parte­naire el apoyo que necesitaba. El rodaje se convirtió en una cons­tante pugna entre ambas, que lle­gó a su momento cumbre el día en que se tenía que rodar una es­cena en la que Bette zarandeaba a Miriam y la obligaba a sentar­se. Sabiendo el clima que se res­piraba, el día en que estaba pre­visto que se rodara esa escena el plató se llenó de personal de las oficinas y de los equipos de rodaje de otras películas. Sin em­bargo, la actuación de Miriam Hopkins aguó la fiesta a los cu­riosos, pues cuando Bette la co­gió por los hombros, ella se dejó caer como una muñeca de trapo y por mucho que se repitió la toma no hubo forma de que hi­ciera lo que se pedía de ella. Días después, Miriam pisó una pasti­lla de jabón saliendo de la ducha y se partió una oreja al caer. His­térica, acusó a Bette de haber colocado allí la pastilla asesina.

Aunque el rodaje se retrasara varias semanas y la lucha entre ambas fuese constante, el resul­tado final de la película fue más que destacable. «Vieja amistad» fue un gran éxito en la taquilla. Todo Hollywood fue a verla. Sa­bían tantas cosas del rodaje que el filme fue motivo de conversa­ción durante mucho tiempo.

Después de la película, Bette se fue a Butternut a descansar junto a Farney. Éste había empe­zado a tener frecuentes proble­mas de salud. En pocas semanas se había caído de un caballo y por unas escaleras, tenía mareos y en la piscina nadaba en zigzag. Además, trabajaba demasiado.

La trágica muerte de Farney

Bette estaba a punto de empe­zar «Mr. Skeffington» cuando tuvo lugar la inesperada tragedia. El 23 de agosto de 1943, Farney paseaba por Hollywood Boulevard en dirección a la oficina de Bette, Dudley Furse, cuando sufrió un repentino ataque. Los clientes de un estanco le oyeron lanzar un alarido y caer hacia atrás como un muñeco roto. En su caída, se golpeó la cabeza con­tra el bordillo y de su nariz y oídos empezaron a brotar unos hi­lillos de sangre. Sus convulsiones eran tan violentas que la gente se agolpó a su alrededor.

Famey fue rápidamente trasla­dado al Hollywood Receiving Hospital mientras Bette era avi­sada precipitadamente. Cuando llegó al lado de su esposo, éste casi ni la reconoció. Farney permaneció varios días debatiéndo­se entre la vida y la muerte. Fi­nalmente acabó rindiéndose y murió mientras dormía.

La muerte del esposo de Bet­te Davis estuvo rodeada de con­fusión. En el momento del acci­dente, Farney llevaba un maletín que desapareció entre el barullo creado. Los forenses que exami­naron la herida en el cráneo encontraron restos de sangre coa­gulada. que indicaban que la herida era anterior al momento de la caída y que se había producido al ser golpeado con algún ob­jeto contundente. Como Farney estaba relacionado con importantes investigaciones aeronáuti­cas, se especuló con que su muerte hubiera sido un asesina­to. Sin embargo, el asunto no quedó claro hasta unos meses después.

Lo ocurrido con Farney fue lo siguiente. El marido de Bette Davis había iniciado una relación con la esposa casada de un com­pañero de trabajo. Este, un hom­bre fuerte y violento, les había sorprendido en la cama en un motel y había golpeado a Farney en la cabeza con una lámpara. El marido de Bette no se había re­cuperado nunca del golpe y la herida fue agravándose hasta que acabó con él. Además, Farney se había convertido en un alcohólico. El maletín que desapareció le fue devuelto a Bette unas sema­nas más tarde por el niño que lo había robado. Dentro, la actriz encontró multitud de botellas de licor. Por alguna clase de justicia poética, el hombre que mató a Farney al golpearlo murió pocos días después en un accidente de aviación.

El entierro de su marido fue una experiencia terrible para Bette. La madre de Farney la obligó a asistir a un velatorio a la antigua usanza en Butternut, en el que la actriz debió permane­cer toda la noche al lado del ataúd rodeado de cirios. Una tía del muerto se puso histérica e in­tentó sacar el cuerpo de la caja.

Todos estos sucesos afectaron muchísimo el rodaje de «Mr. Skeffington». Además, en la pe­lícula Bette debía aparecer con una máscara que envejecía su rostro. La máscara se le pegaba a la cara y no la dejaba transpi­rar. Bette por poco se vuelve loca con ella. Empezó a meterse en la dirección de la película, ganándose las antipatías de todos. En medio de este clima enrarecido, Bette fue objeto de un extraño atentado. Alguien cambió unas gotas oculares de la actriz por acetona y cuando ésta se las apli­có, cayó hacia atrás profiriendo un alarido. Sólo la rapidez con la que actuó su maquillador habitual, Perc Westmore, la salvó de perder el ojo. Todavía hoy no se sabe quién ni por qué lo hizo, pero cuando Bette regresó al rodaje estuvo todavía más histérica e insoportable. «Mr. Skeffington» se retrasó más de dos me­ses de lo previsto y fue objeto de duras críticas. El comportamiento de Bette hizo enfurecer a Jack Wamer hasta tal punto que tardó mucho en perdonar a su estrella: Bette llegó a pedir que se le rescindiera el contrato con la Wamer, pero el estudio rechazó de plano esta opción. Warner podía estar enfadado, pero no era estúpido.

Aparece William Grant Sherry

Tras la muerte de Farney, Bette se sentía terriblemente sola. Todo en Butternut y Riverbot­tom le recordaba al difunto. Además, Ruthie seguía gastando el dinero de su hija en proporciones casi indecentes y Bobby había recaída en sus problemas mentales. Se volvió violenta y hubo que volver a internarla. Las facturas eran terribles, pero Bet­te estaba empeñada en que su hermana tuviera lo mejor.

Para colmo de males, en esta época la Warner contrató a Joan Crawford, en parte para pararle los pies a Bette. Crawford era una gran estrella, aunque nadie en Hollywood simpatizaba con ella. Joan era una lesbiana repri­mida que hacía tiempo sentía una gran atracción por Bette. Desde que llegó al estudio, empezó a mandarle a Bette flores y perfumes en el más puro estilo del hombre que corteja a una mujer. Crawford le pidió muchas. veces que fueran a cenar juntas, pero a Bette tampoco le caía bien y la rechazó de plana.

A punto de cumplir los 40 años, Bette se sentía sola y de­seaba tener un hijo. Seguramente por todo esto se equivocó al enamorarse de William Grant Sherry. Éste era un pintor de 29 años, alto, moreno y guapo, de fuerte carácter, a quien Bette co­noció en sus frecuentes visitas a Laguna Beach.

Sherry era todo fuego y aunque a Bette le gustaban los caracteres duros, deseaba ser ella la que llevara la voz cantante. Su nuevo amor podía ser un desconocido, pero no era nadie que se dejara dominar. Desde el primer momento, sus peleas fueron enormes. A ninguno de los amigos de Bet-te le caía bien e incluso ella se cansó pronto de aquel joven rebelde, más de diez años menor que ella. Su relación con Sherry fue, desde luego, un grave error.

Capítulo 8

Madre a los 40 años

El 7 de agosto de 1944, Bette volvió a estar a un paso de la muerte. Fue durante el rodaje de «The corn is green», junto con John Dall. Una parte del decorado que estaba sobre ella se desprendió y cayó directamente sobre su ca­beza. Si no hubiera sido por la gruesa peluca que empleaba en el filme, lo más seguro es que no hubiera sobrevivido al golpe. Sin embargo, nadie sintió pena por ella, pues las continuas rabietas de Bette no hacían más que retrasar el rodaje y enfure­cer a los miembros del equipo.

Sus peleas con el director, Irving Rapper, y con el actor principal, John Dall, un homosexual con tendencia a pavonearse en las escenas fuertes, fueron memorables.

Pese a que sus relaciones con Sherry no mejoraban, ambos continuaron adelante con su proyecto de contraer matri­monio. En aquellos momen­tos, Bette estaba además atareada con la idea de organizar su propia productora, la B. D. Inc. Ella fue una de las primeras estrellas en hacerlo, asociada con Jack Warner (que era quien se llevaba la mayor tajada de los beneficios que se obtuvieran).

El primer proyecto personal de Bette fue «Una vida robada», drama en el que daba vida a dos hermanas gemelas. El rodaje también estuvo plagado de violentos enfrentamientos con el excelente director Curtis Bernhardt. Para no faltar a la costumbre, Bette volvió a estar en peligro de muerte cuando se en­redó con unas cuerdas en una escena rodada sobre un barco y estuvo a punto de ahogarse. Lo irónico del caso es que la pro­fundidad del lugar era de unos pocos palmos.

Una boda fatal

Al terminar el rodaje, Sherry se enfrentó violentamente con Glenn Ford, el protagonista mas­culino del filme. El novio de Bette estaba convencido de que ambos eran amantes. Sin embargo, nada más lejos de la verdad. Ford y Bette no estaban nada interesados el uno en el otro. En el futuro, ambos acabarían convirtiéndose en enemigos.

A finales de 1945, Bette y Wi­lliam Grant Sherry se casaron por fin. En años posteriores, la actriz reconocería que la abier­ta oposición de Ruthie y Bobby a la boda sería uno de los facto­res que más la impulsaron a seguir adelante con aquella locu­ra. Esta vez, sin embargo, tomaría sus precauciones y le haría firmar un documento a su nue­vo esposo en el que renunciaba a todos los bienes de la estrella si el matrimonio se rompía. Bette fue duramente criticada por la prensa por este motivo.

La luna de miel fue un fiel re­flejo de lo que sería la vida en común entre ambos. Durante el viaje a México, Sherry arrojó a Bette del automóvil y al llegar al hotel le tiró un cenicero a la cabeza. Lo único bueno fue que la actriz pronto quedó embarazada. Lo estaba deseando tanto que todo le pareció bien cuan­do se le dio la noticia.

Madre por primera vez

En 1946, Bette rompió con el pasado y decidió vender Riverbottom y Butternut e irse a vivir a Laguna con Sherry. Alquila­ron una pequeña pero muy acogedora casita al borde de un acantilado. Bette trasladó allí su máquina de escribir y Sherry su caballete y sus pinceles. En aquella época, la estrella estaba inmersa en un proyecto titulado «La reina de Africa», que quería rodar junto a James Mason. La película se haría algunos años después pero con diferen­tes protagonistas: Hepburn y Bogart.

Muchas noches terminaban con violentas peleas entre Bette y Sherry. Este, desolado, empezó a visitar a un psiquiatra e intentó congraciarse con su esposa mostrándose servil. Cuando regresaba a casa del rodaje, él le tenía preparada la cena y las zapatillas. A Bette esto la irritaba más que otra cosa. Consideraba aquello como uno de sus debe­res. Lo que realmente quería era alguien que estuviese a su altura profesional y económicamente y Sherry estaba a años luz. De todas formas, un carácter tan dominante como el de Bette es dudoso que se hubiese amoldado a una persona de su talla. Su destino era el de no encontrar jamás a la pareja perfecta. Entre ella y Sherry no había respeto ni casi amor. Incluso cuando hacían el amor existía un componente de odio. Sin duda, ese fue uno de los períodos más negros de la vida de la estrella.

En estas condiciones y embarazada de su primera hija, Bette inició el rodaje de «Deception», su nuevo filme, al lado de Claude Rains. Fue una película infernal, rodada entre lágrimas, discusiones y dudas, que se re­trasó el doble de lo previsto. El 3 de abril de 1946, Bette sufrió un accidente de coche que hizo temer por su vida. Sherry, aterrado ante la perspectiva de la muerte de su esposa y arrepentido porque creía que él te­nía la culpa, se mantuvo a su lado en todo momento. Sin em­bargo, las heridas sufridas por Bette resultaron no ser tan graves como todos pensaban.

Lo que sí era realmente grave era la marcha de la carrera de la actriz. Sus películas ya no eran los grandes éxitos de antes, pero su conflictividad laboral crecía día a día. La Warner ya no estaba dispuesta a transigir con sus caprichos y la productora estuvo a punto de suspenderla de sueldo durante el rodaje de «Deception» por absentismo laboral, aunque fi­nalmente no se atrevió. Bette reaccionó reuniendo al equipo del filme y quejándose pública­mente de la forma de trabajar del estudio. Aquella especie de mitin laboral fue el primero de la historia de Hollywood y Jack Wamer no la perdonó jamás por ello.

«Deception» hizo honor a su nombre y resultó una decepción en taquilla. El ansiado nacimiento de Barbara alejó todas las preocupaciones de la mente de Bette. Ser madre a los 40 comportaba riesgos y tuvo que someterse a una cesárea. Sin embargo, superó el mal trago y decidió retirarse un año de los platós ante el mal humor de Warner.

Aquél fue un período feliz, aunque durara poco. La maternidad hizo que el carácter y la salud de Bette mejoraran e incluso contribuyó a relanzar su relación con Sherry. Sin embar­go, poco tiempo después la actriz confesó a unos amigos que estaba convencida de que su esposo se entendía con la institutriz de Barbara, a la que ella llamaba siempre B. D. Las cosas volvieron a la situación anterior.

El declive de una estrella

Para regresar a las pantallas, Bette eligió una obr

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Mi nombre es Rafa Rodrigo, soy de Quart de Poblet (Valencia) y me encanta la música, disfrutar de los momentos, y compartir experiencias con mis amigos, y con la buena gente.

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