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La Coctelera

Historias Cotidianas de Taita, un personaje ... más

21 Marzo 2007

Falleras o Valencianas

Atrás han quedado las fallas, la fiesta, la pólvora, la cremá, pero estas parece ser, que son el exponente máximo de las tradiciones de nuestra tierra, de nuestras costumbres, de nuestra indumentaria, y ahí es donde quisiera pararme un poco hoy, en esta reflexión.

La Ofrenda a la Virgen de los Desamparados, está es un escaparate de la indumentaria de nuestra fiesta, pero a veces nada más lejos de la tradición. Uno de mis iconos en el mundo de la indumentaria sin lugar a dudas es Dª Victoria Liceras, gran exponente de la investigación en el mundo de la indumentaria, y a mi personalmente me embelesa con sus artículos, sus comentarios y pasando por su tienda. Bueno sin querer desviarme de mi reflexión, en cuanto a la Ofrenda, que nos ofrece un escaparate sobre la indumentaria, y sobre el desconocimiento de la misma en muchos aspectos, en otros no tanto, pero los menos, ya que son muchas las mujeres valencianas que lucen en desmedida una ropa que nada o poco se parece a lo que debería ser, esta claro que están las modas y que al final estas hacen que sean exponentes de lo que se lleva o no se lleva, pero evidentemente no de lo que se llevaba, y ahora las modas pasan que vuelan, pero antes … no era así. Un mismo traje podría utilizarse durante años, con arreglos, con algún que otro modismo pero en esencia el mismo. Yo no soy indumentarista, ni mucho menos, pero siempre me gusto rebuscar en los cajones, en los cajones de mi abuela y de otras abuelas que me dejaban o me enseñaban sus ajuares, o los de sus antepasados, estos si eran valiosos, supongo que es lo que hacen estos indumentaristas, en un momento de las vida en el cual todo esto solo servia para trapos, alguien, dijo espere … esto es más valioso de lo que usted cree, gracias a estas personas, que si nos acercaron la pureza de la indumentaria. Yo no me considero purista ni mucho menos en este tema, pero tampoco de los que hacen lo que les place con la ropa y luego se les llena la boca de ser indumentaristas y hasta de vestir a Falleras Mayores, pues muy bien, estas son falleras mayores, pero a veces no representan el sentir de la ropa de nuestros antepasados, a mi al menos así me lo parece, como es el caso de Marzal, que mas que indumentarista me parece un negocio de disfraces, pero bueno esto solo es una opinión muy personal y sobre todo quiero decir que respeto su labor aunque no la comparta.

Pero las fallaras que tanto les gusta esta fiesta, deberían de recoger información sobre la variedad de trajes, faldas, complementos que puedes y deberían potenciar, por ejemplo, se ven pocas mantillas de toalla, de media luna, pocas faldas de cretona para los pasacalles más informales, y precisamente estas no son tan caras, y fáciles de confeccionar. En fin como me gustaría un año que todas las comisiones cambiaran el chip, y empezaran por dejarse llevar por el armario de las bisabuelas o tatarabuelas y dejaran los modismo para la ropa de diario. Os quiero dejar con algunos artículos recogidos en Internet, sobre la indumentaria valenciana que dan que pensar, y plantearse nuevos retos para el mundo fallero y la indumentaria, hemos ganado mucho terreno con respecto a los hombres pero aun queda mucho por hacer. Tan solo hay que atreverse. Así que a por ello.

Aqui tenemos algunos articulos que he recogido por internet gracias a el Blog de Delincuente Fallero, me tropecé con él y me gustaron estos árticulos aquí os los dejo.:


Falleras a la moda
- TEXTO: ISABEL RODRÍGUEZ DE LA TORRE.


Los trajes regionales siguen «desde hace dos o tres siglos» unas pautas muy concretas. Pero algunos le echan imaginación al asunto. A veces demasiada, según los puristas. En Valencia, enlutada estos días en sus fiestas, saben mucho de eso.
Valencia es en Fallas fuegos artificiales, petardos y mascletaes. Pero en medio de la fiesta, el estruendo y el olor a pólvora, las calles de la capital del Turia se convierten en una peculiar pasarela en la que las falleras compiten por ir a la última, inconscientes, o tal vez no tanto, de que estampan su firma en el acta de defunción de la indumentaria tradicional. <MC>Desde hace más de 20 años, Victoria Liceras dedica el tiempo que la Medicina le deja libre a alimentar ese gusanillo que se le despertó cuando acompañaba a su marido, anticuario. Empezó a comprar piezas, a «averiguar lo que había detrás de cada una» y pronto se dio cuenta de que «eso no lo veía por la calle cuando la gente se vestía con trajes tradicionales». En «Siglo XVIII», su tienda del casco antiguo de Valencia, se respira historia. «Cuando entra alguien y me pregunta: "¿qué se lleva este año?", yo le respondo: "lo mismo de siempre". Porque yo no diseño, yo reproduzco lo que está ahí, en los grabados, en las actas notariales... aunque eso me cueste clientes». Moda y tradición, dos conceptos incompatibles cuya simbiosis degenera en vistosos trajes regionales, preñados de lujo, color y más de un anacronismo; «engendros» ante los cuales los indumentaristas no pueden evitar echarse las manos a la cabeza.La irrupción en el traje de fallera de la minifalda, los zapatos de plataforma, los botines, o el cardado en el peinado dan fe de la permeabilidad de una indumentaria popular que entierra sus raíces más profundas en el siglo XVIII, se consolida en el siglo XIX y, desde entonces, experimenta una evolución constante al dictado de la moda y de las circunstancias políticas, económicas y sociales de cada época.Es la fallera mayor, la reina de las fiestas, la que marca la tendencia para la temporada siguiente con unos modelos que poco se parecen a la indumentaria que lucían en el día a día las valencianas de siglos pasados. En ese afán por distinguirse y superar a la predecesora en este peculiar reinado, se da entrada a colores y dibujos inexistentes en las sedas de antaño, se abusa de los metales con bordados en oro y plata, se mezclan prendas de la indumentaria de diferentes épocas y de distintas clases sociales, e incluso, se incorporan elementos de trajes tradicionales de otras regiones. La complicidad activa de la industria textil y de algunas tiendas es una pieza más en esta espiral que deja desfasados los trajes a los tres o cuatro años de adquirirlos. Porque las Fallas, además de pólvora y fuego, son negocio.


«Vintage» y anacronismo

La indumentaria popular valenciana perdió su virginidad casi en sus orígenes, en aras de unas diferencias que el pujante movimiento regionalista nacido al amparo del romanticismo se esforzaba en acentuar. Se echa mano de lo que hay en los arcones y armarios. Las prendas que se recuperan de las abuelas se combinan con las del momento o se completan con otras de nueva confección y se configura un traje repleto de anacronismos, que sin perder de vista la indumentaria de las labradoras valencianas, incorpora elementos del vestido aristocrático del siglo anterior, en un extraño maridaje que además flirtea con la moda de campo inglesa y con el lujo de Versalles.Este eclecticismo devino en el actual traje de fallera, denostado por quienes, a costa de ser considerados «bichos raros», abogan por recuperar el traje de valenciana, en tanto que fiel reproducción de la indumentaria de las mujeres del siglo XVIII.Es la diferencia que establece Antonia Genovés, propietaria de «L'Agulla d'Or», conocida tienda de indumentaria, entre lo «típico» como algo que «identifica, caracteriza y representa a un pueblo» y la «tradición» como «fiel guardiana de las costumbres» y por tanto, imperturbable. «Los dos tienen una pretendida raíz tradicional, pero uno es un traje reproducido de lo que en algún tiempo se llevó y el otro es un traje recreado basándose en elementos tradicionales. Uno es puro y al otro se le han ido añadiendo elementos de siempre y de las modas puntuales», abunda Victoria, presidenta de la Asociación de Indumentaristas Valencianos, que no comprende el «horror» que existe en determinados círculos a hablar del traje de fallera.

Todas «marquesas»

Sobreviven pues, con desigual fortuna, dos trajes, el tradicional, el del siglo XVIII, y el típico, el de fallera. El primero responde a la indumentaria utilizada por la burguesía y la aristocracia, «porque ahora todas quieren ser marquesas» y son pocas las mujeres que eligen para la fiesta grande de Valencia una reproducción fiel del que es el embrión de la indumentaria popular, el traje que lucían las hortelanas para las faenas agrícolas, del que el delantal es el vestigio más sobresaliente.«Ahora nadie va con trajes simples, con tejidos lisos, aunque sean de seda. Ahora todas tienen que llevar mucho oro y mucha plata», pese a que «nunca una labradora valenciana fue así», explica Victora. «Hoy, para hacer los vestidos más bonitos, cogemos los que se utilizaban para las fiestas, con escotes más generosos, que se llevaban sobre todo con los Borbones», suscribe Antonia Genovés, que aboga por recuperar el vestido de hortelana, el de las clases populares, confeccionado con «tejidos algodonosos, más sencillos, baratos y ligeros» para disfrutar de las paellas que se preparan en las calles de Valencia durante las Fallas.

Azulones y pistachos

Pepe Blanquer se confiesa «adicto» al folclore y observa con cierta perplejidad los colores que se abren camino. «¡Hay falleras que se han vestido de azul eléctrico, verde pistacho y hasta de naranja butano! Eso es inaudito», porque con ser el traje de valenciana una explosión de luz, en su esencia están los colores mediterráneos, el blanco, el rojo, el verde, el azul y el amarillo. «Hoy nos disfrazamos de valencianos, la gente quiere oro, oro y oro y se olvidan de los bordados en blanco y negro», sentencia pesimista ante las «aberraciones monstruosas» que, dice, se cometen cuando se generaliza el empleo de prendas cuyo uso real estaba reservado a ocasiones muy concretas en una época determinada.«Esto es un negocio y aquí hay más gente interesada en ganar dinero que en recuperar el pasado», se lamenta este «loco por la indumentaria» para quien «hoy en día el 90 por ciento es moda y el 10 por ciento tradición. En las tiendas -prosigue-- es difícil encontrar los colores auténticos, y si los hay tienen precios abusivos porque los de moda son los más demandados y los hacen en telares anchos para que salga más barato; a veces es más fácil encontrarlos en Marruecos o en Lyon que aquí».Es la «dialéctica» de la moda, de la que habla Josep Manuel Sabater: «De una surge la contraria» y la indumentaria tradicional, dice, no puede mantenerse ajena a ello porque «la clientela exige cambios y hay que dárselos». Pero el cliente no siempre tiene la razón. Josep Manuel, que se considera «historiador y sastre pero no indumentarista», se confiesa autor de alguna «tropelía pero hay cosas que me niego a hacer». Antonia Genovés justifica las concesiones que se ha visto obligada a hacer ante clientes poco receptivos a sus sugerencias. «No sabes lo que sufro cuando veo unas mangas de farol y las almenas del cuerpo por fuera. Pero tú vives del cliente y aunque le informas, si él insiste...». «Lo que es un anacronismo y una barbaridad es que una señora vaya de superlujo, con tantas joyas que no le caben más, acompañada de un caballero vestido de «saragüell», el traje de huertano. Si vas a una boda con pamela no llevas al lado a un señor con chandal». «Lo malo es mezclar elementos disonantes, muy cultos, con elementos populares y hacerlo inadecuadamente», sostiene Josep Manuel, que justifica la irrupción de nuevas tendencias estéticas en el traje tradicional. «No me parece del todo mal porque todos vivimos en un momento estético, político y social y es normal que cuando te vistes, aunque sea al estilo antiguo, proyectes tus preferencias culturales y estéticas. No hay que olvidar que aunque el traje tradicional responde a una imagen social de grupo, también tiene un componente individual».
Direcciones
Asociación de Indumentaristas Valencianos: Poeta Querol, 20.
L'Escarpidor: Ángel Guimerá, 44. Tel.:963854613
L'Agulla d'Or: Maestro Clavé, 4.Siglo XVIII: Avellanas, 3. Tel.: 963920268

Oriente en el peinado
Al moño único del XVIII siguió, en el periodo romántico del XIX, el peinado a tres bandas, con rodetes a la altura de las orejas y en la parte posterior, que se mantiene. Hoy algunas falleras llevan trenzas de varias vueltas en sustitución del ocho que coronaba el recogido de la nuca. La artificiosidad de las peinetas caladas de años anteriores ha sido suplantada por otras más pequeñas y sencillas. La tendencia oriental se impone en los aderezos: las agujas se colocan ahora en forma de aspa y no de cruz, como antaño, cuando los cánones imponían una aguja vertical en cada moño y otra horizontal a la altura de los ojos. «Que no eres china, niña», suele increpar Pepe Blanquer a las que van de esta guisa. Pero su purismo no es siempre entendido. Su hija hizo la Comunión con un traje de valenciana blanco y mantilla negra. «Me dijeron de todo». Antonia Genovés recuerda que cuando su marido se atrevió a lucir un traje tradicional en lugar del monocromático inventado por la Junta Central Fallera (chaquetilla y pantalón negro) «le llamó... ¡hasta Curro Jiménez! Y era una reproducción del siglo XVIII».

El traje, paso a paso

El traje del XVIII responde a los dictados de la moda internacional de aquel entonces: corpiños sin manga o con ella muy estrecha, muy ceñidos, con un remate a la altura de la cintura que adopta la forma de las almenas de un castillo y que se superpone a una falda muy voluminosa. Sobre los hombros, una manteleta como sentido de pureza y honestidad, cuyo uso se hizo obligatorio por un edicto borbónico. El típico, el de fallera, el mal llamado del siglo XIX, lleva el cuerpo por dentro de la falda. Incorpora mangas, primero de jamón y luego de farol. «Nace así un traje que nunca se ha llevado», insiste la presidenta de los indumentaristas valencianos. Un traje con claras reminiscencias dieciochescas, pero con interpolaciones. «Yo no estoy a favor ni de un traje ni de otro; yo defiendo la pureza», aclara Victoria para denunciar la corrupción que pervierte la indumentaria valenciana, ya sea la típica o la tradicional, por ignorancia, interés, comodidad o dinero. «Sería muy impopular prohibir el traje de fallera». Mientras, Antonia Genovés, entre telas, patrones, agujas y dedales, termina de hilvanar un traje antes de que una clienta se haga la última prueba. «De pequeña -dice con nostalgia- yo me quedaba encandilada viendo a las valencianas. Iban muy voluminosas, llevaban hasta ocho enaguas con almidón, parecían cebollas. Era muy molesto porque pesaba mucho, ¡pero la falda tenía una gracia...!».Gracia sacrificada en aras de la comodidad (y del coste). «Ahora se mueven como meninas porque se utilizan unos ahuecadores de tela muy rígida que las abotija». Con la manteleta, ha ocurrido otro tanto. «Recuerdo que mamá me la sujetaba con doscientas mil agujas y era muy molesto. Hubo un año en que Carmen, la nieta de Franco, fue fallera mayor infantil. La cinta que se llevaba alrededor del cuello para sujetar el colgante se la pusieron alrededor del escote para unir la manteleta al corpiño». También la camisa blanca de las hortelanas tiende a desaparecer, suplantada por puntillas y encajes que rematan el escote y los puños. Pero es quizá en los bordados y en los tonos donde se aprecia de forma más evidente la traición al pasado. Aún discrepando en algunos aspectos, todos coinciden en algo: sólo el buen gusto, la información, el sentido común y el respeto al pasado garantizan la perpetuidad de la tradición.

Damascos, espolines, brocados...

Si algo caracteriza el traje de fallera es su riqueza, herencia de un pasado en el que Valencia era uno de los centros mundiales de la seda. En el siglo XVIII, con el primer desarrollo industrial, la sericultura vive su máximo apogeo: las plantaciones de moreras se extienden y se cuentan 3.500 telares que ocupan a 25.000 personas. Coincide con la dinastía de los Borbones, que generalizaron el uso de la seda frente al retroceso que había supuesto la de los Austrias. Es el de fallera un traje caro pero el buen gusto, dicen, influye más que el precio. «Hay telas de gran dignidad por 300 ó 400 euros», explica Josep Manuel. Pero pueden llegar a los 12.000. A lo que importa la tela, hay que sumar la manteleta (entre 180 y 6.000 euros), los aderezos del peinado y las joyas (entre 60 y 24.000 euros) y la confección (unos 360). La entrada de tejidos como el nylon o el rayon ha abaratado una indumentaria de la que sólo quedan excluidas las fibras sintéticas para evitar que en una fiesta que gira en torno al fuego, una simple chispa convierta a las mujeres en antorchas humanas. Frente al lujo de ellas, la austeridad de ellos. El traje de «saragüell», el de labrador valenciano (calzón amplio heredado del pasado musulmán, camisa, chaleco y fajín de vivos colores, medias y alpargatas) tiende a desterrar al pantalón y chaquetilla negros, que en su día impuso la Junta Central Fallera como uniforme oficial.

servido por Rafa 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

bichos

bichos dijo

hola,por favor pasate un segundo por mi blog :www.lacoctelera.com/bichos hay un debate sobre lacoctelera.
GRACIAS

21 Marzo 2007 | 01:22 PM

Evita

Evita dijo

Uff! Rafa que interesante! me ha encantado...y cuántas verdades! Nos vemos por el ensayo! Ciao!

21 Marzo 2007 | 08:21 PM

jpb

jpb dijo

Me siento una ignorante total ante los comentarios que he leido. Yo como fallera desde hace 30 años la verdad es que ante todo me gusta la fiesta y lo que quiero conseguir para los que vienen detras de mi es eso, la tradición de nuestra fiesta, nuestras constumbres y tanbien nuestra indumentaria. Con respecto a la mala forma que tenemos de vestir las falleras como ya he dicho antes me siento una ignorante, siempre ha procurado ir vestida con el traje regional lo mejor posible pero claro no soy una investigadora y me tengo que fiar de lo que me dicen, una veces acertado y otras no, por lo que te fijas en lo que llevan los demas y buscas tu propio estilo porque imagio que tanto en el siglo XVIII como en el XIX no irian todas las mujeres y los hombres iguales y que solo les diferenciara las distintas clases de telas y colores o clases sociales como se habla en los articulos anteriores, creo que respetando unos canones basicos cada persona es como es con sus virtudes y defectos tanto en su forma de ser como en la de vestir.
Esta claro que hoy en día todas queremos ser marquesas, y porque no a quien no legusta ser Princesa por unos dias. Con todos mis respetos al traje de labradora que lo encuentro muy bonito y comodo es muchisimo mas lucidor e incomodo el de la burguesia pero mira nos gusta sufir.
Pido perdon si en los trajes que luzco no se encuentran todas nuestra raices, no sabia que hay colores que si y otros que no, me acabo de enterar y como yo imagino que el 90% de las mujeres que lucimos esos trajes, pero la culpa no es nuestra sino de los llamados indumentaristas que nos ofrencen cientos de telas colores y mezclas y claro elegimos la que más nos gusta y no siempre somos aconsejados como dicen, quizas porque al final de todo lo que interesa es vender.
Conozco los dos establecimientos que se mencionan y sobre todo por uno de ellos paso todos los dias. No cambian con frecuencia sus escaparates pero he de decir que no hace falta, tanto los trajes de hombre como de mujer para mi gusto son de los mejor. Pero ¿como es posible que aboguen por complementos del traje de mujer como la camisa cuando ellos no la utilizan?, sus manteletas, corpiños, faldas etc. son presiosos pero cosen las puntillas al corpiño en los trajes que ponen de reclamo ¿por que?.
Y despues de todo esto se despide una fallera VALENCIANO que no sebe si biste bien o mal.

23 Marzo 2007 | 11:42 PM

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Mi nombre es Rafa Rodrigo, soy de Quart de Poblet (Valencia) y me encanta la música, disfrutar de los momentos, y compartir experiencias con mis amigos, y con la buena gente.

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